Cuando llegaron a la mansión de Las Lomas, un joven bajó las escaleras y se quedó pálido al verlos.
“¿Qué hacen ellos aquí?”, preguntó Rodrigo, el hijo de Alejandro.
Su miedo fue demasiado evidente.
Y cuando Mateo lo miró de frente, Rodrigo retrocedió como si hubiera visto un fantasma.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
“Papá, esos niños no pueden quedarse aquí”, dijo Rodrigo, casi susurrando, pero con una urgencia que heló la sala.
Alejandro lo observó sin responder.
No era la reacción de alguien incómodo por recibir desconocidos. Era miedo. Miedo verdadero.
Mateo, sentado en el comedor con Lupita en sus piernas, tomó un pedazo de pan dulce y primero se lo dio a ella. La niña mordió con cuidado, como si temiera que alguien se lo quitara.
Alejandro se sentó frente a ellos.
“¿Cómo te llamas, hijo?”
“Mateo.”
“¿Y ella?”
“Guadalupe, pero yo le digo Lupita.”
Alejandro asintió despacio.
“¿Dónde están sus papás?”
Mateo bajó la mirada. Sus dedos se apretaron alrededor del vaso de leche.
“Se murieron.”
El silencio llenó el comedor.
“Fue hace un año”, continuó el niño. “Mi papá manejaba un taxi en la noche. Mi mamá iba con él porque regresaban de dejar comida en casa de mi abuela. Un carro negro los chocó y se fue. Dijeron que nadie vio nada, pero yo sí escuché cosas.”
Alejandro sintió un golpe en el pecho.
“¿Qué escuchaste?”
Mateo miró hacia la puerta, donde Rodrigo fingía hablar por teléfono en voz baja.
“Un señor fue a la casa hogar donde estaba yo. Le dio dinero a la directora. Le dijo que mi hermana y yo no debíamos estar juntos. Que era mejor separarnos.”
Lupita dejó de comer y se escondió contra el pecho de su hermano.
“Me llevaron a una casa hogar en Iztapalapa y a ella a otra en Tlalpan”, dijo Mateo. “Me escapé tres veces hasta encontrarla.”
Alejandro no pudo moverse.
Un año atrás, Rodrigo había llegado a casa de madrugada, borracho, temblando, diciendo que le habían robado la camioneta negra. Alejandro recordó la denuncia, los abogados, los silencios comprados, las respuestas demasiado rápidas.
En ese momento, todo empezó a tomar forma.
Rodrigo entró al comedor.
“Papá, necesito hablar contigo. A solas.”
“No”, respondió Alejandro.
Rodrigo apretó la mandíbula.
“Estás cometiendo un error. No sabes quiénes son.”
Mateo se puso de pie.
“Yo sí sé quién es usted.”
El rostro de Rodrigo perdió todo color.
El niño sacó de la bolsa de su chamarra un llavero roto, metálico, con las iniciales RS grabadas.
“Lo encontré en la calle esa noche, cerca del taxi de mi papá. Lo guardé porque mi mamá siempre decía que la verdad no se tira.”
Alejandro tomó el llavero con mano temblorosa.
RS.
Rodrigo Santillán.
Rodrigo dio un paso atrás.
“Ese niño está mintiendo.”