—¿Por qué no ponemos en práctica nuestro discurso, aunque sea un momento? —continuó—. Démosle una oportunidad a esta joven. Que toque una sola pieza.
Eleanor sintió el golpe de la trampa: su propia imagen pública. Frente a tantos donadores, fotógrafos y reporteros, negarle una “oportunidad” a una “joven” sería un suicidio social. Forzó una sonrisa dura.
—Por supuesto, Lawrence. Qué… encantador de tu parte —respondió.
Se giró hacia el escenario, donde un Steinway de cola brillaba bajo las luces.
—El escenario es todo tuyo, cariño —dijo a la niña, empapando la palabra “cariño” de veneno—. Sorpréndenos.
En su mente ya se imaginaba el espectáculo: la niña aporreando las teclas, desafinando, provocando carcajadas. Un chisme perfecto para el próximo brunch.
Nadie se tomó la molestia de preguntarle su nombre. La niña caminó hacia el escenario, bajo una lluvia de miradas y celulares levantados, listos para grabar su fracaso. Se sentó en la banca pulida; sus pies apenas alcanzaban los pedales de bronce.
Colocó sus dedos pequeños y mugrosos sobre el mar de teclas marfil. Cerró los ojos unos segundos, respiró hondo… y empezó a tocar.
Lo que salió de ese piano no era una cancioncita infantil ni un ensayo torpe. Era una melodía compleja, hermosamente rota, con un dolor antiguo que parecía demasiado grande para venir de una niña.
Era una nana. Pero no una de esas dulces y sencillas. Era una nana oscura, intrincada, con acordes que se enredaban en el pecho y una mano izquierda melancólica que arrastraba consigo una tristeza casi física. Esa música llenó el salón, borrando de golpe el murmullo, las copas, los susurros. De repente, todo el lugar se volvió silencio y respiraciones contenidas.
Un invitado en primera fila dejó caer su copa; el cristal se hizo añicos sobre el mármol y el sonido rebotó en el silencio como un trueno aislado.
Eleanor se quedó rígida, pálida, con la mano en la garganta. Sus ojos estaban clavados en el escenario, como si acabara de ver un fantasma.
Del otro lado del salón, Lawrence Carter se levantó de un salto, tirando su silla. Tenía la mirada desorbitada, como si alguien le estuviera abriendo una herida vieja con las manos. Esa melodía lo atravesaba de lado a lado.
Los dos conocían esa canción. Era un secreto que creían enterrado desde hacía diez años. Y ahora estaba ahí, desnudo, en manos de una niña callejera.
La última nota se sostuvo en el aire, temblando como una acusación. La niña bajó las manos. No hizo una reverencia. No sonrió. Se limitó a quedarse de pie, respirando con dificultad.
Lawrence fue el primero en moverse. Subió al escenario como si estuviera caminando entre ruinas. Su voz salió ronca, quebrada.
—Niña… ¿de dónde sacaste esa nana? Esa pieza nunca se publicó. Era… un regalo privado.
Ella no lo miró. Sus ojos estaban clavados en otra persona.
Se adelantó hasta el borde del escenario, señaló con el dedo tembloroso hacia la reina del evento y gritó:
—¡Señora Davenport! ¿La reconoce?
Eleanor parpadeó, tratando de recomponer su máscara.
—No tengo idea de qué hablas —balbuceó—. Es… una melodía simpática para ser de una niña de la calle.
—¡ES LA NANA DE ELENA! —rugió la niña, y su voz quebrada retumbó por todo el salón.