PARTE 2
A la mañana siguiente, Mateo ya no tenía fuerzas para gritar. Eso fue lo que más asustó a Rosa.
Lo encontró mirando al techo, con los labios resecos y la frente ardiendo. Su brazo enyesado descansaba sobre la sábana, pero los dedos estaban hinchados y temblaban. El niño parecía más pequeño que nunca.
—Nana… —susurró—. Ve por el cuchillo grande del pan.
Rosa se inclinó, pensando que no había escuchado bien.
—¿Qué dijiste, mi niño?
Mateo la miró con una lucidez que le heló la sangre.
—Córtame el brazo. Ya no lo quiero. Te prometo que no voy a gritar.
Rosa tuvo que taparse la boca para no llorar. Ningún niño pedía algo así por berrinche. Ningún niño prefería perder un brazo antes que seguir usando un yeso, a menos que algo terrible estuviera ocurriendo debajo.
Salió al pasillo y enfrentó a Carlos.
—Señor, tiene fiebre. Huele mal. Esto no es psicológico. Llévelo a urgencias.
Carlos tenía el teléfono en la mano. En la mesa había papeles de ingreso para una clínica psiquiátrica privada en Santa Fe. Lorena estaba junto a él, acariciándole el hombro.
—Rosa, no entiendes —dijo Carlos, destruido—. Anoche casi se rompe el brazo contra la pared. Dice que lo muerden cosas imaginarias.
—No son imaginarias —insistió Rosa—. Vi una hormiga entrar al yeso.
Lorena soltó un suspiro cansado.
—Por Dios, Rosa. Una hormiga no causa una crisis así. Además, si lo llevan a cualquier hospital y ven esas heridas, van a acusar a Carlos de negligencia. ¿Quieres que lo metan preso?
Carlos bajó la mirada. Esa frase lo paralizó.
Lorena sabía exactamente dónde golpear. Le había repetido durante días que Mateo podía destruir su reputación, su trabajo, su vida. Le decía que el niño estaba celoso, que se estaba autolesionando para culparla, que necesitaba encierro y sedación.
Pero Rosa empezó a recordar detalles que no encajaban.
Tres días antes, cuando Carlos había viajado a Monterrey por trabajo, Lorena le pidió que no entrara al cuarto de Mateo porque “el niño necesitaba disciplina”. Esa misma tarde, Rosa encontró en la cocina una jeringa gruesa, de esas para inyectar marinados a la carne, lavada a medias. También notó un frasco de miel casi vacío y azúcar regada en la encimera.
En ese momento no pensó nada. Ahora todo le parecía una señal.
Por la tarde, Mateo empeoró. Empezó a convulsionar de dolor. Ya no suplicaba, ya no insultaba, ya no se defendía. Solo apretaba los dientes mientras lágrimas silenciosas le corrían por las sienes.
Rosa entendió que si esperaba permiso, el niño podía morir.
Cuando la tormenta cayó sobre la ciudad, bajó al garaje. Buscó entre las herramientas de Carlos hasta encontrar unas pinzas industriales pesadas. Subió con ellas escondidas bajo el rebozo, entró al cuarto de Mateo y cerró la puerta con llave.
Carlos escuchó el seguro.
—¿Rosa? ¿Qué estás haciendo?
Lorena gritó desde atrás:
—¡Se volvió loca! ¡Va a lastimarlo!
Rosa respiró profundo. Mateo la miró sin miedo, solo con esperanza.
—Aguanta, mi amor —le susurró—. Voy a sacar lo que te está matando.
Puso las pinzas en el borde del yeso.
Crack.
El primer corte sonó como si la casa entera se hubiera partido.
Y entonces, por la abertura, salió un olor tan dulce y podrido que Rosa comprendió que la verdad era mucho peor de lo que imaginaba.