“Córtame el brazo”, suplicó el niño entre fiebre y lágrimas; nadie le creyó, hasta que la mujer que lo cuidaba decidió romper el yeso sin permiso

PARTE 1

—Si sigues gritando así, Mateo, voy a firmar para que te internen hoy mismo.

Eso dijo Carlos con la voz rota, parado en la puerta del cuarto de su hijo, mientras el niño de diez años golpeaba el yeso de su brazo contra la pared como si quisiera arrancarse la vida junto con aquella cosa blanca.

Eran casi las dos de la madrugada en una casa grande de Coyoacán, y el sonido seco del yeso contra el muro rebotaba por los pasillos como una alarma. Toc. Toc. Toc. Mateo tenía la cara empapada de sudor, los ojos desorbitados y los labios partidos de tanto llorar.

—¡Quítenmelo! ¡Papá, por favor! ¡Se están metiendo! ¡Me muerden!

Carlos corrió hacia él, no con ternura, sino con el cansancio furioso de un hombre que llevaba noches sin dormir. Lo sujetó por los hombros y lo aventó sobre la cama.

—¡Basta! ¡Te vas a romper otra vez el brazo!

Mateo intentaba meter una pluma por la orilla del yeso. Se rascaba desesperado, como si debajo tuviera fuego. La piel alrededor de la venda estaba irritada y manchada, pero Carlos no quiso mirar demasiado. Ya no sabía qué creer.

Lorena, su esposa, apareció recargada en el marco de la puerta. Vestía una bata elegante, el cabello perfecto, la cara fría.

—Te lo dije, Carlos —murmuró—. Esto no es dolor. Es manipulación. Desde que te casaste conmigo, Mateo no soporta compartirte.

—¡Mentira! —gritó el niño—. ¡Tú sabes lo que hiciste!

Lorena abrió los ojos con fingida tristeza.

—¿Ves? Ahora me acusa. Eso es paranoia. Necesita ayuda psiquiátrica antes de que se haga daño de verdad.

Carlos respiraba pesado. Miró a su hijo, luego a Lorena. Desde el accidente en la escuela, todo se había vuelto insoportable. El doctor había dicho que el yeso solo debía molestar un poco, nada más. Pero Mateo no comía, no dormía, temblaba, sudaba y hablaba de “patitas” moviéndose bajo su piel.

Rosa, la nana que llevaba años trabajando en la casa, observaba desde el pasillo con el corazón apretado. Ella sí había notado algo distinto. Un olor extraño en el cuarto. No era sudor. No era yeso viejo. Era un aroma dulce, pesado, mezclado con algo enfermo.

Cuando se acercó a cambiar la sábana, vio una pequeña hormiga roja cruzando la almohada. No iba hacia el suelo. Caminó directo hacia la abertura del yeso y desapareció ahí.

—Señor Carlos… —dijo Rosa, pálida—. Hay algo adentro.

Carlos soltó una risa amarga.

—Debe esconder dulces. Limpia bien y no le metas más ideas.

Mateo la miró con lágrimas.

—Nana… no estoy loco.

Esa misma noche, Carlos tomó un cinturón y ató la muñeca sana de su hijo a la cama para que dejara de golpearse.

Y Lorena sonrió apenas, como si todo estuviera saliendo exactamente como lo había planeado.