PARTE 2 Llegué a mi casa con las camisas de Sergio dobladas sobre el asiento trasero, como si fueran una burla. Todo estaba igual: las fotos de nuestra boda en Guanajuato, los cojines que yo escogí, la mesa donde tantas veces cené sola mientras él “trabajaba hasta tarde”. Entré al cuarto y vi su lado de la cama perfectamente tendido. Me dieron ganas de arrancar las sábanas, pero no lo hice. Algo en mí empezaba a entender que la rabia servía más si se guardaba fría. A las ocho me encontré con Andrés en un restaurante pequeño de la Roma. No era elegante, pero sí tranquilo. Me saludó sin tocarme, como si supiera que yo estaba hecha de vidrio. —Hay algo más —dijo apenas nos sentamos—. Y prefiero que lo sepas por mí antes que por él. Se me cerró la garganta. Andrés respiró hondo. —Daniela está embarazada. No lloré en ese momento. Me quedé quieta, tan quieta que hasta él se asustó. Sergio y yo llevábamos cuatro años intentando decidir cuándo tener hijos. O eso creía yo. Cada vez que yo tocaba el tema, él decía lo mismo: que no era buen momento, que la hipoteca, que su ascenso, que primero quería darme una vida más estable. Mientras a mí me pedía paciencia, con otra mujer ya estaba haciendo planes. —¿La oficina sabe? —pregunté. —Casi todos. Él presume que pronto va a “ordenar su vida”. Dice que no quiere perder dinero antes de recibir un bono grande por el proyecto Santa Lucía. Ahí entendí algo que me dio más asco que la infidelidad: Sergio no estaba esperando el valor para dejarme. Estaba esperando el dinero. Volví a casa cerca de las once. Esta vez no temblé. Busqué. Abrí cajones, revisé bolsas, saqué carpetas. En una caja de zapatos encontré recibos de hoteles en Cuernavaca, cenas carísimas en Polanco, pagos de joyería que nunca fueron para mí. Luego, en el bolsillo de una chamarra vieja, apareció un celular pequeño. Lo conecté con manos firmes. La pantalla encendió y ahí estaban: Sergio y Daniela abrazados frente al mar en Puerto Vallarta. Ella con un vestido blanco, él besándole la frente como si fueran esposos. Entré a los mensajes. Había fotos, promesas, burlas. Daniela decía que yo era “la señora cómoda”. Sergio respondía que yo era útil, ordenada, buena para la casa, pero que ya no lo emocionaba. Me ardieron los ojos, pero seguí leyendo. Hasta que encontré el mensaje que me cambió la sangre. Daniela: “Mi papá dice que si no arreglas lo del divorcio antes de que nazca el bebé, no te va a ayudar con la licitación.” Sergio: “Tranquila. Primero cobro el bono, luego hago que Laura firme. Le voy a decir que la casa está endeudada y que no le toca casi nada.” Me quedé sentada en el piso, con el celular en la mano, entendiendo que no solo me había engañado: pensaba robarme. Entonces sonó mi teléfono. Era Sergio. —Mi amor, mañana regreso más temprano. Tengo una sorpresa para ti. Miré las pruebas sobre la cama y supe que la sorpresa no iba a ser para mí. Comenten qué creen que debería hacer Laura ahora, porque lo que decidió preparar para recibir a Sergio no fue una escena de celos, sino algo mucho más fuerte.
Salí de la tintorería con sus camisas recién planchadas cuando un compañero me susurró “tu esposo no está de viaje” y esa frase me hizo descubrir el embarazo que todos ocultaban a mis espaldas mientras yo seguía cuidando su mentira