Di seis pasos. Siete. Ocho.
Entonces escuché el roce de unos tenis contra el suelo.
Ramiro salió de detrás de un contenedor azul.
Era más alto de lo que imaginaba, con los hombros anchos y una capucha negra tapándole media cara.
En la mano llevaba una barra metálica corta.
No necesitaba mostrarla demasiado para que cualquier anciano sintiera pánico.
Él quería eso: miedo rápido, obediencia rápida, dinero rápido.
Se acercó con decisión, pero noté algo extraño en su mirada.
No había sangre fría. Había nervios.
Tal vez nunca había asaltado a alguien de frente.
Tal vez Valeria le había hecho creer que solo sería un susto.
Tal vez ya estaba arrepentido y no lo sabía todavía.
—Dame el maletín —me dijo—.
No me hagas perder el tiempo.
Yo levanté la vista despacio.
—¿Valeria te prometió mucho? —pregunté.
Él dudó solo un segundo.
Después apretó la barra.
—Al suelo. Ahora.
Me arrodillé con calma y dejé el maletín entre nosotros.
Ramiro creyó que había ganado.
No miró las ventanas. No miró las cámaras.