PARTE 2
—¿Cómo que no tienen nada? —preguntó Valeria, con un tono peligrosamente sereno, mirando por la ventana del hospital donde las luces del tráfico de la Ciudad de México brillaban frías en la noche.
Rodrigo respiraba agitado al otro lado del teléfono.
—La tarjeta negra salió rechazada frente a todos. La camioneta no prende, el valet parking dice que el sistema satelital marcó inmovilización por reporte. Mi papá intentó pagar con su cuenta y está totalmente congelada. Mi mamá está gritando en la entrada porque le acaban de notificar que cancelaron la membresía del club de golf. ¡Dime qué hiciste, Valeria!
Valeria acarició la pequeña espalda de su hija con extrema suavidad.
—Yo solo hice lo que debí haber hecho desde hace 3 años.
Al fondo de la llamada, se escuchó la voz furiosa y aguda de doña Elvira.
—¡Dile a esa mantenida de quinta que deje de jugar con nosotros o la hundo!
Valeria soltó 1 risa breve, desprovista de cualquier alegría. Mantenida. Durante 3 largos años la llamaron así a sus espaldas cuando creían que ella no escuchaba. La mujer sin apellido importante. La huérfana pueblerina de Querétaro. La contadora gris que tuvo la enorme suerte de casarse con 1 de los intocables Cárdenas de las Lomas. Lo que esa familia de aparentadores nunca supo era que Valeria no era empleada de absolutamente nadie.
Ella era la dueña legal y mayoritaria de Grupo Lira, 1 firma inmobiliaria de alto nivel que su difunto abuelo había construido desde cero. Valeria heredó el imperio con 1 sola condición en el testamento: nunca permitir que 1 hombre abusivo firmara o decidiera en su nombre. Por eso, al conocer a Rodrigo, había fingido modestia. Por eso vivía sin lujos exagerados y manejaba 1 perfil bajo. Por eso dejó que la familia Cárdenas pensara que ellos “la estaban elevando” socialmente, cuando en realidad, los Cárdenas estaban en bancarrota y vivían de las tarjetas que Valeria discretamente pagaba.