PARTE 1
—Si tanto te duele, pide 1 Uber, Valeria. Yo voy a llevar a mi mamá y a mis hermanos a celebrar a ese restaurante nuevo en Polanco que nos encanta.
Valeria acababa de dar a luz hacía apenas 7 horas. Tenía la bata húmeda de sudor, la espalda ardiendo, los labios resecos y 1 niña recién nacida dormida contra su pecho. Todavía le temblaban las piernas por el esfuerzo cuando su esposo, Rodrigo, se acomodó el reloj caro y revisó en el espejo del hospital privado si su camisa de lino no estaba arrugada.
La enfermera, que estaba revisando el suero, se quedó con la boca entreabierta.
—Señor, su esposa no puede irse sola. Necesita reposo absoluto, ayuda, alguien que la acompañe al salir.
Rodrigo soltó 1 risa seca, acomodándose el cabello perfecto.
—No exagere, señorita. Mi mamá parió 4 hijos y al otro día ya estaba haciendo el desayuno para todos.
Doña Elvira, su suegra, que estaba sentada en el sillón de visitas, levantó la barbilla adornada con joyas como si le hubieran dado 1 premio.
—Exactamente. Ahora las muchachitas de provincia creen que por tener 1 bebé se vuelven reinas de cristal.
Valeria miró a Rodrigo esperando 1 señal de vergüenza, 1 disculpa, algo. Pero él estaba más preocupado por contestar los mensajes del grupo familiar en su celular. Su cuñada Paola entró en la habitación de golpe, con 1 vestido rojo entallado y 1 bolsa de diseñador.
—Ya nos están esperando en la terraza, Rodri. No vamos a perder la reservación de las 9 de la noche por 1 berrinche posparto.
La palabra cayó sobre Valeria como 1 cachetada directa al rostro.
Berrinche.
Había firmado nóminas, pagado deudas ocultas, cubierto mentiras, y soportado desprecios y sonrisas falsas durante 3 años. Y ahora, con el cuerpo abierto por el dolor y su hija recién nacida en brazos, la llamaban berrinchuda.
—Rodrigo —susurró ella, sintiendo un nudo en la garganta—, ¿de verdad te vas a ir y me vas a dejar aquí?
Él se acercó a la cama, no para besarla, sino para hablarle bajito, con esa voz fría que usaba cuando quería humillarla sin testigos.
—No me hagas quedar mal frente a mi familia, Valeria. De por sí bastante hicimos aceptándote en nuestro círculo.
Valeria sintió que la sangre se le enfriaba de golpe.
Doña Elvira abrió la pañalera y revisó la ropita de la bebé con evidente cara de asco.
—Ay, no. Mira nada más estas chambritas de mercadito. Se nota a leguas que no tienes gusto. Luego le compraremos algo digno de nuestro apellido, si es que la niña sí salió con nuestra sangre y no con la tuya.