PARTE 1
—Si le hablas a tu hermano, Elena, te juro que vas a conocer mi peor lado.
La frase se escuchó detrás de la puerta del departamento como si alguien hubiera partido el aire en dos. Damián Ramírez se quedó inmóvil en el pasillo, con la mano suspendida frente a la chapa y el corazón golpeándole las costillas.
Había llegado sin avisar porque su hermana llevaba una semana rara. Elena siempre contestaba sus mensajes, aunque fuera con un “luego te marco” o un meme malísimo de esos que mandaba cuando no tenía ganas de hablar. Pero esos días apenas respondía. Audios cortados, mensajes vistos horas después, excusas sin sentido.
“Estoy bien, de verdad. Solo estoy cansada”.
Damián conocía esa voz. No era cansancio. Era miedo intentando sonar normal.
Sacó del bolsillo una llave vieja, la misma que Elena le había dado cuando se casó con Bruno “por cualquier emergencia”. Nunca imaginó que algún día la usaría. La giró despacio.
Al abrir, lo primero que vio fue a Elena sentada en el borde del sillón, con los hombros encogidos y una mano apretándose la muñeca. Su cabello estaba recogido de prisa, el maquillaje mal puesto, y debajo de la mejilla se alcanzaba a notar un moretón oscuro.
Bruno estaba frente a ella, señalándola como si fuera culpable de respirar.
—Mira nada más —dijo con una risa nerviosa al ver a Damián—. Llegó el soldadito. ¿Ahora también te metes en matrimonios ajenos?
Damián no contestó. Caminó hacia su hermana con una calma que daba más miedo que un grito.
—Elena, mírame. ¿Estás bien?
Ella abrió la boca, pero no salió nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de sorpresa, sino de cansancio acumulado.
—Fue un accidente —interrumpió Bruno—. Ya sabes cómo se pone. Exagera todo. Se golpeó sola.
Damián lo miró por fin.
—¿Quién te hizo eso?
Elena bajó la mirada. Y esa mirada lo dijo todo.
Bruno dio un paso hacia él.
—No te metas. Esto es entre mi esposa y yo.
Damián sacó su celular y activó la cámara.