—No. Esto ya es un delito.
Bruno cambió de color.
—Baja eso. No tienes derecho.
—Tú perdiste cualquier derecho cuando la lastimaste.
Elena tembló. Damián fotografió con cuidado los golpes visibles, sin exponerla más de lo necesario. Luego grabó unos segundos, justo cuando Bruno soltó otra amenaza.
—Si te la llevas, te vas a arrepentir.
Damián levantó la mirada.
—No vine a pelear contigo. Vine a asegurarme de que lo que hiciste tenga consecuencias.
Elena se puso de pie lentamente, como si ese movimiento le costara meses de miedo. Caminó al cuarto y regresó con una maleta pequeña. Bruno la vio y perdió el control.
—Ni se te ocurra, Elena. Tú no sales de esta casa.
Ella avanzó hacia la puerta con los ojos mojados.
Y entonces Bruno se interpuso.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
—Esta es tu casa —escupió Bruno entre dientes—. Y una esposa decente no sale corriendo con su hermano como si fuera una niña.
Elena se detuvo, pero no retrocedió. La maleta le pesaba en la mano, aunque no tanto como todo lo que había callado.
Damián se colocó frente a ella.
—Una casa no es un lugar donde alguien te humilla —dijo firme—. Una casa es donde puedes respirar sin miedo.
Bruno soltó una carcajada seca.
—¿Y tú qué? ¿Vienes de héroe porque traes uniforme? ¿Crees que me asustas?
—No vine a asustarte. Vine a apoyar a mi hermana.
Bruno intentó tomar a Elena del brazo. Fue rápido, casi un reflejo de costumbre. Pero Damián reaccionó antes. Le sujetó la muñeca con una técnica limpia, lo inmovilizó apenas lo suficiente para marcar el límite y lo soltó de inmediato.
—No la vuelvas a tocar.
No hubo golpes. No hubo escándalo. Solo una advertencia tan clara que Bruno se quedó respirando con rabia.
—¿Qué vas a hacer? —dijo, intentando recuperar su tono burlón—. ¿Llamar a tus amiguitos?
Damián guardó el celular en el bolsillo.
—Ya llamé a la gente correcta.
El rostro de Bruno se endureció.
—¿A quién?
—A la fiscalía. Y a una abogada especializada en violencia familiar.
El silencio cayó pesado.
Elena volteó a verlo, sorprendida.
—¿Tú sabías?
—Sospechaba —respondió Damián sin apartar los ojos de Bruno—. Antes de venir pedí orientación. Solo necesitaba confirmar lo que ya me estaba rompiendo por dentro.
Bruno negó con la cabeza.
—Esto es ridículo. Fue una discusión. Todas las parejas discuten.
Elena levantó la voz por primera vez.
—No. Todas las parejas no viven con miedo de contestar el teléfono.
Bruno la miró como si no reconociera a la mujer que tenía enfrente.
—¿Ahora sí vas a hablar?
Elena respiró hondo.
—Siempre quise hablar. Lo que pasa es que tú me enseñaste a tener miedo.
Damián abrió la puerta.
—Vámonos.
Pero antes de que cruzaran, Bruno gritó:
—Nadie te va a creer, Elena. ¿Sabes cuántas veces me pediste perdón después de provocarme? ¿Sabes cuántos mensajes tuyos tengo diciendo que tú tenías la culpa?
Elena se quedó helada.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué mensajes?