PARTE 2 La carta empezaba con una frase que dejó a Gabriel sin…..

PARTE 2
La carta empezaba con una frase que dejó a Gabriel sin fuerza en las piernas: “Papá, si estás leyendo esto, significa que mamá logró mandarme lejos.” Lucía se cubrió el rostro mientras él seguía leyendo. Ella contaba que Claudia la encerraba cuando se negaba a obedecer, que le quitaba el celular durante días, que le decía enferma, caprichosa, ingrata. Decía que en la casa todos sonreían abajo, pero arriba ella aprendió a llorar sin hacer ruido. Gabriel apretó la hoja hasta arrugarla. —¿Por qué nunca me dijiste nada? Lucía soltó una risa rota. —Lo intenté. Mamá contestaba tus llamadas antes que yo. Revisaba mis mensajes. Me decía que tú estabas demasiado ocupado para escuchar tonterías. Tomasa se acercó con un celular viejo. —Yo grabé algunas cosas, señor. Perdóneme. Tenía miedo de perder el trabajo, pero cuando supe lo de esta noche… ya no pude callarme. Gabriel miró los archivos de audio. En uno se escuchaba la voz de Claudia, fría, perfecta: “Lucía firma o se va a Valle Sereno. Allá aprenden rápido las niñas malagradecidas.” —¿Valle Sereno? —preguntó Gabriel. Lucía tragó saliva. —Una clínica privada en Morelos. Mamá dice que ahí corrigen conductas. Que si digo que no estoy loca, eso demuestra que sí lo estoy. Gabriel sintió náuseas. —¿Y la fiesta? Lucía miró hacia la puerta. —Van a anunciar mi compromiso con Sebastián Arriaga. El nombre le cayó como una bofetada. Los Arriaga controlaban constructoras, licitaciones y favores políticos. Gabriel había rechazado una alianza con ellos porque sospechaba negocios sucios. Pero Claudia siempre decía que él era demasiado moral para ser millonario. —Sebastián tiene 24 años —dijo Gabriel, con la voz baja. —Mamá dice que sólo será un acuerdo familiar hasta que cumpla 18. Pero también quiere que firme la cesión temporal de mis derechos del fideicomiso del abuelo. Gabriel entendió el plan completo: declarar inestable a Lucía, comprometerla con la familia Arriaga, mover sus acciones y controlar el voto que ella heredaría en el consejo del grupo hotelero. No era una fiesta. Era un robo vestido de brindis. Sacó su teléfono y llamó a Estela Rivas, su abogada. —Ven a mi casa ahora. Mi esposa intenta internar a mi hija y usarla para transferir acciones. —No permitas que firme nada —respondió Estela—. Y no dejes salir a nadie con documentos. Después llamó a su jefe de seguridad, pero no al personal contratado por Claudia. Lucía le tomó la mano. —Papá, si bajas, ella va a decir que estoy mintiendo. Gabriel miró sus moretones. —Entonces bajaremos con la verdad. En ese momento, la puerta del cuarto se abrió de golpe. Era Claudia. Venía sonriente, impecable, con vestido rojo y diamantes en el cuello. Al ver a Gabriel, se quedó helada un segundo, pero recuperó el gesto como si nada. —Amor… qué sorpresa tan inoportuna. Lucía se escondió detrás de él. Gabriel guardó la carta en el saco. —Inoportuna para ti. Claudia miró a Tomasa con odio. —Tú hablaste. Tomasa bajó la vista, pero no retrocedió. —No, señora. Hoy hablé tarde, pero hablé. Desde abajo subieron aplausos. Una voz anunció que la familia Sandoval estaba por dar la noticia más importante de la noche. Claudia sonrió apenas. —Si haces un escándalo, Gabriel, destruirás a tu hija frente a todos. Él la miró como si la viera por primera vez. —No. Esta noche voy a destruir la mentira. Y cuando los 4 bajaron al salón, nadie imaginaba que el brindis terminaría con policías en la puerta…
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