PARTE 1
“Vete en camión a la casa, Mariana. Yo voy a llevar a mi familia a cenar a Polanco.”
Acababa de parir hacía seis horas.
Tenía puntos, fiebre, la bata manchada, las manos temblando y a mi hijo recién nacido dormido sobre mi pecho. Y aun así, lo primero que hizo Diego, mi esposo, fue mirar su celular como si el nacimiento de nuestro bebé fuera una notificación más.
La enfermera todavía no terminaba de explicarme los cuidados cuando él soltó esa frase.
Por un segundo pensé que había escuchado mal.
“¿Qué dijiste?”, pregunté con la voz rota.
Su madre, doña Teresa, acomodó su bolsa de diseñador sobre el brazo y suspiró como si yo estuviera arruinando el ambiente.
“Ay, Mariana, no empieces con tus dramas. Mañana te dan de alta. Afuera pasa el camión y también hay metro. No eres la primera mujer que tiene un hijo.”
Sofía, la hermana de Diego, soltó una risita mientras se pintaba los labios frente a la ventana.
“Además, mi mamá reservó mesa desde hace semanas. No vamos a cancelar porque la señora está cansadita.”
Miré a Diego esperando que se riera, que dijera que todo era una broma cruel, que se acercara a mí y me tomara la mano.
Pero solo se encogió de hombros.
“Mis papás vinieron desde Guadalajara. Se merecen una buena cena. Tú vas a estar bien aquí.”
Mi hijo hizo un sonido pequeñito, como si también hubiera sentido el frío de esa habitación.
“Diego”, dije despacio, “¿me estás dejando sola en el hospital?”
Él se inclinó hacia mí, con esa sonrisa falsa que usaba frente a los demás.
“No pongas esa cara. Deberías estar agradecida de que mi familia te aceptó, con todo y lo que eres.”
Con todo y lo que era.
Para ellos, yo era una contadora callada, sin familia importante, sin apellido pesado, sin nada que presumir. Una mujer sencilla que había tenido la suerte de casarse con Diego Robles.
Eso les había dejado creer.
Doña Teresa abrió la pañalera que yo había preparado con tanto cuidado y frunció la nariz.
“Qué cosas tan corrientes. Luego le compraremos algo decente al niño… si es que salió Robles de verdad.”
Sentí algo romperse dentro de mí.
No fue tristeza.
Fue claridad.
Diego besó la frente del bebé como quien posa para una foto, tomó las llaves del auto que yo había pagado y se dirigió a la puerta.
“No estés llamando. Vamos a celebrar.”
La puerta se cerró.
Lloré tres minutos.
Después tomé mi celular.
Tenía dos contactos que Diego jamás había preguntado quiénes eran.
Mi abogado.
Y la oficina privada de mi padre.
Primero llamé al abogado.
“Mariana”, contestó el licenciado Salcedo. “¿Ya nació el bebé?”
“Sí”, susurré. “Y Diego acaba de abandonarnos en el hospital.”
Hubo un silencio.
Luego su voz cambió.
“¿Procedemos?”
Miré la manita de mi hijo cerrada sobre mi dedo.
“Sí. Congela todo.”
Dos horas después, mientras Diego y su familia subían fotos brindando con cortes de carne, mi teléfono empezó a vibrar.
Era él.
Cuando contesté, su voz temblaba.
“Mariana… ¿qué hiciste? Todo desapareció.”
Y yo todavía no podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…