AL HIJO DEL BILLONARIO LE DIERON SOLO 3 DÍAS DE VIDA, PERO UN NIÑO DE LA CALLE HIZO LO IMPOSIBLE…

Leo no perdió tiempo.

—Necesito ayuda. Mi amigo se muere.

El anciano lo hizo pasar. Adentro olía a eucalipto, a humo, a raíces secándose. Había frascos, cuencos, hierbas colgadas del techo, libros sin título en idiomas extraños.

—¿Qué amigo? —preguntó el hombre.

Leo contó todo.

El millonario.

El niño.

Los tres días.

El hospital.

La promesa.

La habitación llena de máquinas.

La mano fría.

El miedo.

Cuando terminó, el anciano lo estudió largo rato.

—Tú no eres de su mundo —dijo al fin.

—No.

—Y sin embargo caminaste hasta aquí por él.

—Sí.

—¿Por qué?

Leo tardó un segundo en responder.

—Porque él estaba solo. Y porque cuando alguien tiene miedo de morir, no importa si es rico o pobre. Sigue siendo un niño.

El anciano asintió despacio, como si esa fuera la única respuesta correcta.

Entonces se levantó, fue hasta un estante y regresó con una pequeña bolsa de cuero que despedía un resplandor casi imperceptible.

—Esto es silverbreath —dijo—. Una planta rarísima. No cura todo. No hace magia. Pero despierta donde otros tratamientos ya no llegan. No funciona con cualquiera. Necesita algo más que el preparado.

—¿Qué cosa?

—Un corazón limpio. Una intención sin codicia. Si lo que guía la mano es el ego, no sirve. Si es amor… a veces el cuerpo recuerda cómo volver.

Leo apretó la bolsita contra el pecho.

—Entonces sí va a servir.

—Corre —dijo el anciano—. Ya perdiste demasiado tiempo.

Leo regresó como pudo. A pie, a dedo, subido atrás de una camioneta, corriendo tramos enteros cuando nadie quiso llevarlo. Llegó a la ciudad con los pies en carne viva y la respiración hecha pedazos. Llegó al hospital justo cuando las noticias empeoraban.

Marcus se apagaba.