Mi prometido me pidió que pusiera mi clínica y mi casa a su nombre antes de la boda… como si fuera algo normal. Como si no implicara nada.
Estábamos en mi cocina un jueves por la noche, a dos meses del matrimonio. Todo parecía cotidiano… hasta que lo dijo:
—Pon tu clínica y tu casa a mi nombre antes de la boda, o no habrá boda.
Por un instante pensé que estaba bromeando.
Pero lo miré bien. No había sonrisa. No había duda. Solo expectativa.
Su nombre era Alejandro Torres, y durante tres años había ignorado señales que ahora eran imposibles de negar.
Siempre hablaba de “nuestro futuro”, pero de alguna forma, ese futuro siempre giraba en torno a lo que yo había construido. Mi clínica, mi casa… mis logros.
Esa noche, todo quedó claro.