“Yo también te amo”, respondió ella, sintiendo náuseas, y colgó. Cayó de rodillas, abrazándose a sí misma, a punto de colapsar.
“Deja de llorar”, ordenó Mateo, enderezándose de golpe y limpiándose la saliva falsa. “Está decepcionado de que sigas viva”.
“¡Basta, Mateo! Quizás te equivocas…”, intentó defenderlo Valeria en un último intento de negación. “Él me sacó de la pobreza…”
Mateo la miró con una lástima profunda. Metió la mano en el compartimento secreto de su silla de ruedas y sacó una pequeña tableta digital negra.
“Hackeé su nube hace 1 mes. Él cometió el error de dejar sincronizado su respaldo en este dispositivo viejo. Lee esto”.
Valeria tomó la tableta. Era una conversación de WhatsApp con un contacto llamado “Fernanda Interiores”. Cada línea fue un clavo en su corazón.
Alejandro: El gas está listo. La estúpida y el vegetal están encerrados. Ya voy rumbo a fingir mi viaje.
Fernanda: Más te vale, Ale. No quiero esperar más para ser tu viuda oficial. Ya tengo los boletos para París. ¿Y si no se muere con el gas?
Alejandro: Se desmayará. Dejé una vela aromática encendida cerca de la cortina. La casa será cenizas. Cobramos los 15 millones del seguro y pagamos mis deudas de los casinos en Las Vegas. Adiós a la pobreza que me dejarían los embargos.
Fernanda: Eres malo, pero me encantas. Mira lo que te espera… (Foto de una prueba de embarazo positiva).
Alejandro: El verdadero heredero. En 1 hora, saldrán en las noticias.
El mundo de Valeria se apagó. Su devoción, sus noches en vela cuidando al niño, su amor incondicional… todo era parte del guion de un feminicidio calculado. No solo la quería muerta por dinero para pagar sus vicios, sino que la llamaba “estúpida” y llamaba a su propio hijo “vegetal”.
La tristeza se evaporó. Una rabia volcánica, caliente y filosa, reemplazó el miedo en el pecho de Valeria. Sus lágrimas se detuvieron.
“¿Qué hacemos?”, preguntó ella, su voz ahora era grave, firme, cargada de una sed de venganza absoluta.
Mateo señaló discretamente hacia un arreglo floral sobre un mueble alto. “Hay una cámara oculta ahí. La instaló la semana pasada. Nos está viendo en vivo. Tenemos que hacerle creer que te estás muriendo para que no sospeche y regrese confiado. Golpéame en la cara”.
“¿Qué?”
“¡Pégame y finge que te vuelves loca por el gas! ¡Ahora, o nos mata!”, exigió el niño.
Valeria cerró los ojos y soltó una bofetada que resonó en la enorme sala. La mejilla de Mateo enrojeció al instante. El niño abrió la boca y soltó un llanto desgarrador, el gemido perfecto de un discapacitado aterrorizado. Valeria entró en el papel de su vida. Se tiró al piso, agarrándose la cabeza, gritando histérica y tosiendo frente a la cámara.
El celular vibró. Un mensaje de Alejandro: Mi amor, te veo mal en la cámara. Acuéstate a dormir en el sillón. No salgas. Ahorita mando a alguien. Le estaba ordenando sutilmente que se quedara a respirar el veneno y morir.
Mateo y Valeria se arrastraron fuera del ángulo de la cámara hacia el cuarto de servicio en la parte trasera de la casa.
“Ya viene para acá”, susurró Mateo, tecleando a toda velocidad en su tableta. “Puse la cámara en un bucle cerrado. Él está viendo una grabación tuya durmiendo en el sofá. Cederá a la desesperación y vendrá a terminar el trabajo él mismo”.
“No vamos a huir”, dictaminó Valeria, apretando los puños. “Él quería fuego. Le daremos fuego”.
El plan fue rápido y suicida. Encontraron una vieja pistola de descargas eléctricas (taser) en la caja de herramientas y prepararon una lata de gas pimienta casero.
Tal como Mateo predijo, 2 horas después, escucharon el portón abrirse. Alejandro entró sigilosamente por la puerta trasera, empuñando una pesada llave de cruz de acero. No venía a rescatar a nadie; venía a destrozarles el cráneo y culpar a una explosión.
Pero al entrar a la sala, encontró a Valeria de pie, sosteniendo un encendedor frente a la manguera del gas que seguía siseando levemente.
“Hola, mi amor”, dijo ella con una frialdad sepulcral.
Alejandro se quedó congelado, pero su sorpresa duró poco. Con un rugido de furia, se abalanzó sobre ella levantando el metal. Valeria esquivó el golpe y le clavó el taser directo en el cuello. Alejandro soltó un alarido y cayó de rodillas, convulsionando levemente, pero su tamaño y fuerza superaban la descarga. Logró agarrar a Valeria del tobillo y la tiró al piso, trepándose sobre ella para estrangularla.
Las manos del hombre apretaban el cuello de Valeria. Ella perdía el aire. De pronto, un chorro de líquido rojo y ardiente impactó directo en los ojos de Alejandro.
Mateo estaba detrás de él, rociándole el gas pimienta a quemarropa. Alejandro soltó a Valeria, gritando de dolor y llevándose las manos al rostro. Aprovechando la ceguera del hombre, Valeria encendió un trozo de tela empapado en alcohol y lo arrojó hacia las cortinas de la sala, que de inmediato se envolvieron en llamas.
Madre e hijo corrieron hacia el jardín trasero justo cuando el fuego activaba las alarmas de humo de todo el fraccionamiento. La policía y los bomberos, alertados 10 minutos antes por Mateo a través de un mensaje de emergencia con coordenadas, ya estaban derribando el portón principal.
Los paramédicos encontraron a Alejandro arrastrándose fuera de la mansión en llamas, con el rostro quemado y la ropa chamuscada. Al ver a Valeria sana y salva en el jardín, perdió la poca cordura que le quedaba. Se abalanzó hacia ella gritando insultos y confesando a gritos cómo la iba a matar, todo frente a 5 policías armados que lo sometieron de inmediato.
Frente a los paramédicos y oficiales, Mateo se puso de pie, caminó hacia el comandante a cargo y le entregó la tableta digital. “Aquí están las pruebas del asesinato de mi madre y el intento de homicidio de hoy, oficial”, dijo el niño con una dicción perfecta.
El escándalo sacudió a la alta sociedad del país. Alejandro fue procesado y, con toda la evidencia digital, sentenciado a 20 años en un penal de máxima seguridad. Fernanda, la amante, fue arrestada en el aeropuerto cuando intentaba huir a Europa; su hijo fue dado en adopción al nacer.
Meses después de la sentencia, la noticia llegó en un breve comunicado: Alejandro fue encontrado sin vida en su celda. Las autoridades declararon suicidio, dejando una carta de supuesto arrepentimiento. Valeria leyó la noticia y tiró el periódico a la basura sin derramar 1 sola lágrima. El monstruo había dejado de existir.
Hoy, Valeria y Mateo viven en una casa más modesta, pero llena de luz en las afueras de la ciudad. Valeria adoptó legalmente a Mateo, quitándole para siempre el apellido de su padre.
Mientras Valeria prepara la cena en su nueva cocina, observa por la ventana a Mateo corriendo en el pasto, jugando fútbol con su nuevo perro. Sabe que la joven ingenua y dócil murió aquella mañana asfixiada por el gas. La mujer que respira hoy es de hierro, una verdadera madre mexicana, lista para quemar el mundo entero con tal de proteger a su hijo.