PARTE 2
La patrulla desapareció al final de la calle, pero el llanto de los gemelos siguió llenando la casa como un eco insoportable.
Santiago cargó a Nico y tomó de la mano a Gael. Entró sin mirar a Mariana. Sentó a los niños en la sala y se arrodilló frente a ellos. Ambos temblaban. No era un berrinche, no era capricho. Era pánico puro. Como si acabaran de perder a la única persona que los hacía sentirse a salvo.
Subió a la cocina por agua. Mariana estaba junto a la barra, con una copa de vino y el teléfono en la mano, revisando mensajes.
—Vas a explicarme todo —dijo Santiago, con una voz tan baja que daba más miedo que un grito.
—Ya te lo expliqué. Esa mujer me robó —respondió ella sin inmutarse—. Encontré vacío el cajón donde guardo mis joyas. ¿Qué más quieres saber?
Le enseñó una foto en el celular. Un cajón forrado de terciopelo oscuro, con tres huecos marcados. Santiago miró la imagen y algo le brincó en la cabeza de inmediato. Ese no era el compartimiento donde Mariana guardaba sus piezas caras. Él mismo le había mandado hacer un joyero de madera fina por su aniversario, con cerradura y compartimentos secretos. Las joyas valiosas no estaban ahí.
No dijo nada.
Subió al estudio, cerró con llave y encendió la computadora. Un año atrás había instalado cámaras ocultas en varios puntos de la casa por recomendación de un vecino al que le habían vaciado la residencia. Mariana jamás les prestó atención. Él sí.
Abrió las grabaciones de las últimas cuarenta y ocho horas.
A las seis de la mañana, Rosa aparecía en la cocina sirviendo leche, cortando fruta, preparando el desayuno. A las once, Mariana bajaba las escaleras sin mirar a los niños. A las dos de la tarde del día anterior, Santiago seleccionó la cámara del vestidor principal.
Y entonces lo vio.
Mariana entró sola, cerró la puerta, abrió el joyero verdadero, sacó el collar, los aretes y la pulsera, los puso en el cajón equivocado, tomó una foto con el celular y después guardó las tres piezas dentro de una maleta negra, debajo de unos abrigos.
Santiago se quedó helado.
No había duda. No era sospecha. No era intuición.
Su esposa había inventado el robo.
En ese instante escuchó a Gael llorar arriba. Cerró la laptop y fue al cuarto de los niños. Nico estaba hecho bolita, abrazando una almohada. Gael, sentado en la cama, tenía los puños cerrados.
—Hijo… ¿por qué dijiste que tu mamá es mala? —preguntó Santiago, sintiéndose el peor padre del mundo por no haber preguntado antes.
Gael lo miró fijo.
—Porque cuando tú te vas, nos grita. A veces rompe cosas. A veces nos encierra. Rosa nos tapa los oídos y nos abraza para que no tengamos miedo.
Nico asintió con la cabeza, llorando sin hacer ruido.
Santiago sintió que el aire se le iba. Regresó al estudio y empezó a revisar más grabaciones. Octubre. Noviembre. Diciembre. Mariana gritándoles por derramar jugo. Mariana aventando un plato contra la pared mientras los niños lloraban. Mariana dejándolos solos en el pasillo. Siempre, siempre, aparecía Rosa. Cuidándolos. Consolándolos. Protegiéndolos con su propio cuerpo.
A las siete de la mañana, Santiago ya no estaba temblando de dolor.
Estaba lleno de una furia fría.
Llamó a su abogado, le envió los videos y le dijo:
—Sácala de ahí. Hoy. Y después quiero preparar una denuncia contra Mariana.
Dos horas más tarde bajó a la sala con la laptop en la mano. Mariana estaba desayunando como si nada. Santiago puso el video frente a ella. La imagen la mostró escondiendo las joyas una y otra vez en silencio.
Mariana se quedó blanca.
—Santiago… yo…
—Empaca. Tienes media hora para irte.
Ella soltó la verdad con una mezcla de rabia y locura:
—¡Esa mujer me estaba quitando a mis hijos! ¡Te juro que ya la querían más a ella que a mí!
Santiago la miró como si por fin estuviera viendo su verdadero rostro.
Pero lo peor aún no había terminado.
Porque mientras Mariana subía corriendo a recoger sus cosas, él ya iba camino al Ministerio Público… y no sabía en qué estado iba a encontrar a la mujer que había pagado por el crimen de otra.