Bailaba con su amante embarazada frente a todos, creyendo que ya había destruido a su esposa, hasta que ella apagó la música y dijo: “Hoy no vengo a llorar, vengo a recuperar mi nombre”

PARTE 2

A las ocho de la noche, el estudio de Renata parecía una sala de guerra.

Sobre la mesa de cristal había contratos, estados bancarios, copias de escrituras, correos impresos y una laptop conectada a dos discos duros que Renata guardaba en una caja fuerte desde hacía meses. No porque desconfiara de Santiago, se repetía. Sino porque su padre le había enseñado que en México los negocios familiares pueden ser más peligrosos que los enemigos declarados.

Esteban Uribe, perito financiero y amigo suyo desde la universidad, revisaba los movimientos con el rostro cada vez más serio.

Valeria Coss, su abogada, apenas parpadeaba.

—Renata —dijo Esteban al fin—. Esto no es un error administrativo. Es fraude.

Ella no se movió.

—Explícame.

—Hipotecaron activos que no estaban liberados. Usaron sociedades fantasma. Triangularon dinero por una consultora registrada hace tres meses. Y aquí… —señaló la pantalla— hay tres documentos con tu firma falsificada.

Valeria apretó la mandíbula.

—Con esto podemos congelar créditos y denunciar administración fraudulenta. Pero si lo haces público, va a explotar todo el grupo.

Renata miró las maquetas alineadas junto a la ventana. Cada una representaba noches sin dormir, viajes a Tulum, juntas con arquitectos, permisos en municipios donde todos pedían “facilidades”, inversionistas extranjeros, presentaciones impecables.

Santiago había usado todo eso como si fuera suyo.

—Entonces que explote bien —respondió.

Esteban dudó.

—Hay algo más.

Abrió una carpeta recuperada del servidor interno. No era financiera. Era personal.

Aparecieron fotos de Camila en hoteles de Valle de Bravo, recibos de restaurantes, conversaciones descargadas de un teléfono corporativo y estudios médicos.

Renata vio el nombre de Camila. Luego vio otro.

Rodrigo Alcázar.

El hermano menor de Santiago.

El consentido de Teresa. El hombre que vivía de aparecer en eventos, jugar pádel, firmar documentos sin leer y coquetear con cualquier mujer joven cerca de la empresa.

Valeria se acercó a la pantalla.

—No me digas…

Esteban abrió un archivo más.

Era una prueba genética prenatal. El resultado era frío, técnico, imposible de maquillar.

El padre biológico no era Santiago Alcázar.

Era Rodrigo.

Por primera vez en toda la noche, Renata sintió náusea.

No por celos. Por la perfección del engaño.

Camila no solo era la amante de su esposo. También esperaba un hijo del hermano de su esposo. Y Teresa lo sabía.

Un mensaje recuperado lo confirmaba:

“Si Santiago cree que el bebé es suyo, todavía podemos controlar la sucesión. Aguanta hasta la fiesta del lunes. Después Renata queda fuera.”

Renata leyó esa línea tres veces.

—La fiesta —murmuró.

La noche siguiente, Grupo Alcázar celebraría una cena privada en un hotel de Polanco. Asistirían banqueros, inversionistas, periodistas de sociales y los socios españoles. Oficialmente sería la presentación de la nueva etapa del grupo.

En realidad, Renata entendió de golpe, sería su funeral social.

Teresa pensaba presentar a Camila sin decirlo. Convertirla en la nueva mujer de la casa. La joven embarazada, dulce, manejable. La prueba viviente de que Renata ya era pasado.

Valeria la miró con preocupación.

—Podemos ir por la vía legal. Sin espectáculo.

Renata cerró la laptop.

—No. Ellos eligieron hacerlo frente a todos.

El lunes, la terraza del Hotel Miralto Privé estaba llena de flores blancas, copas caras y sonrisas falsas. Santiago bailaba con Camila en el centro, una mano descarada sobre su cintura, mientras Teresa observaba orgullosa.

Todos murmuraban.

Nadie preguntaba por Renata.

Hasta que la música se cortó.

Las luces bajaron.

Y Renata apareció en la escalera principal, vestida de negro, seguida por su abogada, su perito, un notario y dos hombres de la fiscalía.

Santiago soltó a Camila.

—¿Qué demonios haces aquí?

Renata tomó el micrófono.

—Vine a contar la verdad antes de que ustedes terminen de inventar la mía.

Y entonces pidió que encendieran la pantalla gigante…