PARTE 1
“Lo hice para salvarte, Mariana… aunque tú me hayas odiado todos estos años.”
No reconocí a Roberto al principio.
Era mediodía en la avenida Cuauhtémoc, el sol caía como castigo sobre el pavimento, y un hombre encorvado metía latas aplastadas en una bolsa negra de basura. Yo iba saliendo de una junta, con lentes oscuros, blusa de seda y las llaves de mi camioneta en la mano, cuando él levantó la cara.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Roberto?
Mi exesposo. El mismo que durante años dio clases de historia en un colegio privado de la Ciudad de México. El hombre que planchaba sus camisas los domingos, que olía a loción de cedro y corregía exámenes hasta la madrugada porque decía que “un niño becado también merece paciencia”.
Ahora tenía la barba descuidada, la camisa manchada y los ojos hundidos, como si la vida le hubiera pasado encima veinte veces.
Cuando me vio, no sonrió.
Se asustó.
Agarró su bolsa y quiso perderse entre un puesto de tacos y una farmacia.
—¡Roberto, espera!
Corrí detrás de él con tacones, sin importarme que los coches me tocaran el claxon.
—Déjame, Mariana —murmuró sin mirarme—. No tienes que verme así.
—¿Qué te pasó? ¿Dónde vives?
Apretó la bolsa contra el pecho.
—En un albergue cerca de La Merced. Junto latas, las vendo y compro comida. Estoy bien.
Me ardieron los ojos.
Saqué dinero de mi bolsa, más del que él quizá juntaba en una semana.
—Toma. Por favor. Te consigo un hotel, ropa, comida…
Roberto retrocedió como si el billete quemara.
—No quiero tu dinero.
—No seas orgulloso.
Entonces me miró.
—No es orgullo. Es lo único que me queda.
Lo convencí de subir a mi camioneta. Me dijo que iba a ensuciar los asientos, que mi esposo Alejandro se molestaría. Le respondí que la camioneta era mía y que mi conciencia no necesitaba permiso.
Lo llevé a una cafetería pequeña en Narvarte. Pidió café con leche y pan dulce. Comió despacio, como alguien que había olvidado el sabor de algo caliente.
Yo no podía dejar de mirarlo.
—Roberto… ¿por qué terminaste así?
Su rostro cambió.
No fue vergüenza.
Fue miedo.
Bajó la voz.
—Hice lo que tenía que hacer.
—¿Qué significa eso?
Se levantó de golpe.
—Pregúntale a tu familia.
—¿A mi familia?
Antes de irse, se inclinó hacia mí y dijo la frase que me heló la sangre:
—Yo cargué con una culpa que no era mía para que tú no acabaras en la cárcel.
Y salió.
Me quedé sola, mirando su taza a medio terminar.
Porque entendí que Roberto no había perdido todo por accidente.
Alguien lo había destruido.
Y lo peor era que quizá lo habían hecho por mí.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…