PARTE 2
Fui directo a la casa de mi madre en Coyoacán.
La fachada azul, las bugambilias perfectas y las ventanas limpias parecían las mismas de siempre, pero ese día todo me pareció falso, como una escenografía bonita escondiendo podredumbre.
Mi madre, Elena, abrió con sus perlas puestas a las cuatro de la tarde.
—Mariana, ¿qué pasó?
Entré sin saludar.
—Vi a Roberto.
Su sonrisa se rompió apenas medio segundo.
Pero lo vi.
—¿Dónde?
—En la calle. Juntando latas.
Mi madre cerró la puerta con cuidado.
—Qué desafortunado.
Desafortunado.
Sentí una bofetada.
—Está viviendo en un albergue, mamá.
—Él tomó sus decisiones.
—Me dijo que te preguntara a ti.
Su mano se quedó inmóvil sobre una foto de mi boda con Alejandro.
—No traigas el veneno de ese hombre a esta casa.
Entonces apareció mi hermano Daniel, con camisa cara y reloj brillante.
—¿Qué pasa?
Lo miré.
—Encontré a Roberto.
Daniel palideció.
—¿Vivo?
El silencio cayó como piedra.
—¿Por qué dijiste eso? —pregunté.
—Quise decir… después de tantos años…
Pero ya era tarde.
Durante siete años me habían contado la misma historia: Roberto robó dinero del Fondo de Becas San Gabriel, vació nuestros ahorros y me engañó con otra mujer en un hotel de la Roma. Alejandro, que entonces era mi abogado y ahora mi esposo, me ayudó con el divorcio. Mi familia me sostuvo mientras yo lloraba.
Pero en ese instante recordé algo brutal.
Roberto nunca confesó.
Nunca.
—¿Él robó? —pregunté.
—Sí —dijo mi madre.
—¿Me engañó?
Ella tardó demasiado.
Daniel respondió por ella:
—Sí. Ya lo sabes.
—No —susurré—. Sé lo que ustedes me dijeron.
Mi teléfono sonó. Era Alejandro. Lo dejé sonar hasta que se cortó.
Mi madre apretó la mandíbula.
—Hay puertas que deben quedarse cerradas.
Me fui sin contestar.
En mi departamento busqué la caja del divorcio. Papeles, estados de cuenta, cartas del colegio, acuerdos legales. Los extendí sobre la mesa como si fueran piezas de un cadáver.
Entonces vi una cláusula que no recordaba:
“Roberto Velasco acepta asumir responsabilidad total por los retiros irregulares del Fondo San Gabriel y libera a Mariana Ibarra de cualquier investigación institucional o legal.”
Mi nombre.
¿Por qué mi nombre estaba ahí?
Llamé a Patricia Méndez, la contadora del colegio, una mujer que nunca soportó a mi familia.
—Tardaste mucho en llamar —dijo apenas escuchó mi voz.
—Patricia, ¿qué pasó con Roberto?
Hubo silencio.
—¿Estás sola?
—Sí.
—Entonces escucha bien: Roberto no robó ese dinero.
Sentí que el piso se abría.
—¿Quién fue?
—Tu madre y Daniel.
Patricia me contó todo. Donativos desviados, becas falsas, facturas infladas, cuentas abiertas con mi firma falsificada. Roberto descubrió el fraude y quiso denunciarlo. Entonces mi familia lo amenazó: si hablaba, me culparían a mí.
—Él firmó para protegerte —dijo Patricia—. Renunció, aceptó la culpa y se fue. Alejandro redactó el acuerdo. Antes de ser tu abogado, era abogado de ellos.
No pude respirar.
Patricia me entregó esa noche un sobre en un hotel de Reforma. Dentro había correos, transferencias, firmas comparadas y una carta de Roberto.
“Mariana, si algún día lees esto, significa que la verdad sobrevivió. No te traicioné. No robé. No toqué a otra mujer. Firmé porque creí que odiarme te destruiría menos que ir a prisión por un crimen que no cometiste. No confíes en Alejandro.”
Cuando llegué a casa, Alejandro me esperaba.
—¿Dónde estabas?
—Con Patricia Méndez.
No preguntó por qué.
Calculó.
—No debiste hacer eso.
—Roberto no robó.
Alejandro suspiró.
—Mariana…
—No digas mi nombre como si fueras a manejarme.
Su cara se endureció.
—Yo evité un escándalo que te habría tragado.
No lo negó.
Lo justificó.
Puse la carta sobre la mesa. Alejandro la vio y por primera vez perdió el control.
—¿Dónde conseguiste eso?
La tomó, pero la arrebaté antes.
—No.
Su voz bajó.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sí. Estoy empezando a ver quiénes son.
Alejandro se acercó.
—Si esto sale, tu madre puede ir a la cárcel. Daniel pierde todo. Tu nombre también será arrastrado.
—¿Y Roberto?
No respondió.
Ahí entendí todo.
Él no quería protegerme.
Quería proteger el crimen que había comprado nuestra vida.
Y esa noche supe que la parte más terrible todavía faltaba.