—Aquí.
Sacó un cuaderno gastado, lleno de letras pequeñas. Había copiado páginas de libros, cuentas matemáticas, palabras nuevas.
—¿Quién te enseña?
—Mi mamá me enseñó antes.
—¿Y ahora?
Tomás bajó la mirada.
—Ahora me acuerdo.
Valentina no preguntó más esa vez.
Con el tiempo supo pequeños pedazos de su historia. Su madre se llamaba Ana y había trabajado limpiando habitaciones en un hotel. Murió de una infección que empezó como fiebre y terminó llevándosela porque nadie la atendió a tiempo. Su padre había desaparecido antes. Tomás vivía a ratos en un refugio, a ratos en la calle, a ratos con un grupo de personas que dormían bajo un puente. No le gustaba hablar de eso.
—¿No tienes miedo? —preguntó Valentina.
Tomás mordió un pedazo de pan.
—Sí.
—¿De qué?
—De dormirme.
Valentina no entendió.
—¿Por qué?
—Porque cuando uno duerme, no cuida sus cosas. Ni su cuerpo.
La frase la persiguió durante días.
Empezó a traerle más que comida. Lápices. Cuadernos. Un libro de cuentos. Un suéter que dijo que “ya no usaba”, aunque en realidad lo había comprado con dinero que guardaba de sus domingos. Tomás aceptaba poco. Tenía orgullo. No quería sentirse comprado.
—No soy un perro —le dijo una vez, cuando ella quiso darle demasiadas cosas.
Valentina se puso roja.
—No quise…
—Ya sé.
—Perdón.
Tomás guardó silencio y luego tomó solo el cuaderno.
—Esto sí.
Ella aprendió.
Ayudar no era vaciar sobre alguien lo que a uno le sobra. Era mirar qué necesitaba sin quitarle dignidad.
La amistad creció en secreto.
Se contaban cosas a través de la reja.
Valentina le hablaba de sus clases, de una profesora de ciencias que olía a menta, de una compañera llamada Renata que siempre presumía sus viajes, de lo sola que se sentía en una casa enorme donde todos estaban ocupados. Tomás le hablaba de la ciudad de noche, de dónde encontrar pan barato al final del día, de un anciano llamado Jacinto que le enseñó a arreglar cierres, de los libros que rescataba de la basura.
—Cuando sea grande quiero estudiar —dijo Tomás una tarde.
—¿Qué?
—No sé. Algo con mapas.
—¿Geografía?
—Tal vez. Me gusta saber dónde estoy.
Valentina sonrió con tristeza.
—A mí a veces también me gustaría saber dónde estoy.
Tomás miró la escuela detrás de ella.
—Tú estás adentro.
Ella miró la reja.
—Sí. Pero a veces también se siente como estar afuera.
Tomás no respondió, pero entendió.
La diferencia entre ellos era enorme y, al mismo tiempo, había una soledad parecida que los unía.
Durante meses nadie descubrió el secreto.
Hasta que Renata los vio.
Renata era compañera de Valentina. Hija de amigos de sus padres, siempre vestida con accesorios caros y una crueldad pequeña que los adultos llamaban “carácter”. Un mediodía, siguió a Valentina detrás de los arbustos y la vio pasar una bolsita por la reja.
—¿Qué haces? —preguntó.
Valentina se sobresaltó.
Tomás escondió la comida.
Renata abrió los ojos con malicia.
—¿Le das tu comida al niño de la calle?
—No le digas así.
—¿Y cómo quieres que le diga? ¿Príncipe?
Tomás se levantó.
—Me voy.
—No —dijo Valentina.
Pero él ya caminaba rápido hacia la esquina.
Renata rió.
—Qué asco, Valentina. ¿Y si tiene piojos? ¿Y si roba? Mi mamá dice que esos niños se acercan para ver qué pueden quitarte.
Valentina sintió calor en la cara.
—No sabes nada de él.
—¿Y tú sí?
Al día siguiente, toda la clase lo sabía.
Algunos niños empezaron a mirar a Valentina raro. Otros se burlaron:
—La novia del vagabundo.
—Santa Valentina de los pobres.
—Cuidado, que te va a robar la lonchera.
Valentina no respondió, pero por dentro temblaba. No de vergüenza por Tomás. De miedo de que los adultos lo alejaran.
Y así fue.
La directora llamó a sus padres.
Esa tarde, cuando Valentina llegó a casa, su madre la esperaba en la sala con la cara seria. Su padre estaba de pie junto a la ventana, hablando con el chofer.
—¿Es verdad que estás dando comida a un niño de la calle? —preguntó su madre.
—Se llama Tomás.
—Valentina.
—Tiene hambre.
Su padre se volvió.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace meses.
—¿Meses? —Su madre se llevó una mano al pecho—. ¿Has estado hablando con un desconocido durante meses?
—No es desconocido. Es mi amigo.
Su padre cerró los ojos, molesto.
—Un amigo no se hace en la calle, detrás de una reja.
—¿Y dónde se hace? ¿En las galas donde ustedes se toman fotos con niños pobres pero no saben sus nombres?
La frase salió antes de que pudiera detenerla.