—¿Ah, no? ¿Y tú sí podías hacer lo que quisiste? ¿Irte, desaparecer, dejar de contestar llamadas, largarte con tu amante y asumir que yo iba a seguir levantando a tu madre de la cama, cambiándole pañales y durmiendo tres horas por noche mientras tú estrenabas almohadas?
La mujer abrió más los ojos.
—¿Tu madre? —repitió, mirando a Carlos con otra cara—. ¿Ella es tu mamá?
Él no respondió.
No hacía falta.
La mentira empezó a pudrirse delante de todos.
Yo señalé la bolsa que había dejado sobre la mesa.
—Ahí trae todo. Medicamentos separados por horario. La presión se le toma a las ocho de la mañana y a las ocho de la noche. Si se le enrojece la espalda, hay una crema en el bolsillo lateral. El expediente médico está en la carpeta azul. También hay números de sus doctores, aunque supongo que eso ya lo sabrás, porque es tu madre.
Él apretó la mandíbula.
—No tenías derecho.
—Tenía todo el derecho. El mismo que tú usaste para dejarme sola.
La amante retrocedió un paso.
Ya no parecía la mujer segura de la bata de seda. Ahora parecía alguien calculando, muy tarde, el precio real del hombre que había metido a su casa.
—Carlos, tú me dijiste que estaban separados, que ella era… —se interrumpió, viéndome— que entre ustedes ya no había nada.
Yo solté una risa corta, agotada.
—Eso es lo maravilloso de los cobardes. Siempre llegan a la siguiente casa haciéndose las víctimas de la anterior.
Doña Carmen volvió a hablar, más débil:
—Carlos… ¿qué dice ella?
Él por fin se agachó junto a la silla.
—Nada, mamá. Solo está molesta.
Yo lo miré con un desprecio tan tranquilo que hasta a mí me sorprendió.
—No le mientas más por costumbre —dije—. Ya la vida hizo suficiente.
El silencio se hizo pesadísimo.
La amante cruzó los brazos sobre el pecho, como queriendo cubrirse de algo que no era frío.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó—. ¿Cuánto tiempo lleva así?
—Siete años —respondí yo antes que Carlos pudiera abrir la boca—. Siete años de media parálisis, medicamentos, revisiones, noches sin dormir y una rutina que él nunca quiso aprender porque era más cómodo decir que yo lo hacía mejor.
La mujer parpadeó.
Uno.
Dos.
Luego lo miró a él con una mezcla de asco y alarma.
—Me dijiste que tu mamá estaba con una enfermera.
—Y tenía razón —respondí—. Solo olvidó aclarar que la enfermera era su esposa.
Doña Carmen se llevó una mano temblorosa a la boca.