Solo tú.
Porque aunque no supe quererte bien al final, sí supe una cosa: todo lo que tengo llegó a sostenerse sobre una vida que tú me ayudaste a construir.
Y la última decisión decente que tomé fue dejar de fingir que eso no te pertenecía.”
La última hoja estaba firmada con su nombre completo.
Ernesto Salgado.
Debajo, una línea breve, temblorosa, casi añadida después:
“Perdóname si puedes. Y si no puedes, al menos come bien.”
Carmen bajó las hojas lentamente.
Lloró en silencio.
No por amor romántico.
No por reconciliación tardía.
Lloró por el tiempo perdido.
Por el orgullo que la condenó al hambre.
Por el hombre que la hirió y que, al mismo tiempo, había intentado reparar en secreto lo irreparable.
Lloró porque durante cinco años se durmió pensando que había valido tres mil pesos.
Y en realidad había cargado en el fondo del ropero una verdad mucho más grande, mucho más torpe y mucho más triste:
que Don Ernesto sí sabía lo que le debía.
Solo fue demasiado cobarde para decírselo de frente.
Cuando por fin salió de la oficina, el banco entero seguía observándola con discreción contenida. La cajera la miró con una mezcla de asombro y ternura.
—¿Desea hacer un retiro, señora?
Carmen se secó la cara con las manos arrugadas.
Pensó en la clínica.
En su cuarto de Tepito.
En la nevera vacía.
En las noches de debilidad.
En sus hijos, que la ayudaban como podían sin saber nunca la verdad completa.
Y entonces enderezó la espalda.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió una carga.
—Sí —respondió con voz firme—. Pero no todo.
Miró otra vez la carta.
La dobló con cuidado y la guardó en su bolsa.
Luego añadió:
—Solo lo suficiente para empezar a vivir como si ya no tuviera que sobrevivir.