Carmen volvió a mirar el papel.
Una vez.
Dos.
Tres.
Pensó que sus ojos viejos le estaban jugando una broma cruel.
Pero la cifra seguía allí.
No eran tres mil pesos.
Ni treinta mil.
Ni siquiera trescientos mil.
La cantidad en el estado de cuenta tenía tantos ceros que por un instante dejó de parecer dinero y empezó a parecer un error.
Sus dedos temblaron.
—Señora… —repitió la cajera, ahora con voz mucho más baja—. ¿Se encuentra bien?
Carmen levantó la vista, pero no pudo responder enseguida. Todo el banco parecía haber bajado de volumen. El zumbido de las impresoras, el tecleo, las conversaciones de las otras ventanillas… todo sonaba lejano, como si estuviera bajo el agua.
—No… no puede ser —murmuró al fin.
La joven cajera miró la pantalla otra vez.
—La cuenta tiene un saldo de cuarenta y siete millones ochocientos veintidós mil pesos.
Las rodillas de Carmen casi cedieron.
La cajera se levantó de inmediato.
—Por favor, siéntese.
Alguien acercó una silla. Un guardia se puso al lado con expresión alerta, no amenazante, sino preocupado. Otra empleada trajo un vaso con agua.
Carmen obedeció por puro reflejo. Se sentó sin dejar de apretar el papel entre las manos.
Cuarenta y siete millones.
Don Ernesto le había dicho que había tres mil.
Tres mil.
La última crueldad pequeña de un hombre cansado de ella.
O eso creyó durante cinco años.
Pero el estado de cuenta decía otra cosa.
No solo por la cifra final.
Sino por los movimientos.
La cajera, ya más nerviosa, señaló con cautela.
—Señora, aquí se registran depósitos automáticos mensuales desde hace exactamente cinco años. Son cantidades altas… y constantes.
Carmen bajó la vista.