La noche en que el destino tocó a la puerta de Lucía Hernández, el cielo parecía estar rompiéndose sobre San Miguel del Monte, un pueblito escondido entre las montañas de Oaxaca. La lluvia caía con tanta fuerza que el techo de lámina de su pequeña casa sonaba como si alguien arrojara piedras desde el cielo. El viento entraba por las rendijas de las paredes de madera, apagaba la vela una y otra vez y hacía temblar la puerta vieja como si quisiera arrancarla de cuajo.
Lucía estaba sentada junto a la cama de su madre, doña Rosario, pasándole un trapo húmedo por la frente. La mujer llevaba semanas enferma, con la tos metida en el pecho y los huesos cansados de tantos años de trabajo. En aquella casa no había mucho: una mesa coja, dos sillas, una estufa pequeña, un Cristo colgado en la pared y una olla con arroz que debía alcanzar para dos días. Pero, aunque la pobreza se notaba en cada rincón, también había algo que no se podía medir con dinero: ternura, respeto y una dignidad que ni el hambre había logrado quitarles.
—No tengas miedo, mamá —susurró Lucía, acariciándole el cabello blanco—. Aquí estoy contigo.
Doña Rosario sonrió apenas.
—Yo no tengo miedo por mí, hija. Tengo miedo por ti. El mundo es duro con los buenos.
Lucía quiso responder, pero un golpe fuerte sacudió la puerta.
Luego otro.
Y otro más.
Las dos se quedaron inmóviles.
A esa hora, con ese aguacero, nadie salía en el pueblo. El camino de tierra se volvía lodo, los árboles se doblaban con el viento y cualquier sombra podía parecer amenaza. Lucía sintió que el corazón le subía hasta la garganta. Se levantó despacio, tomó un palo que usaban para cerrar la puerta por dentro y se acercó.
—¿Quién es? —preguntó, intentando que no le temblara la voz.
Del otro lado llegó una respuesta débil:
—Por favor… ayúdenme.
Lucía abrió apenas.
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