Y entonces el verdadero golpe llegó.
No era que la cuenta hubiera tenido mucho dinero desde el principio.
Era que Don Ernesto había seguido depositando dinero mes tras mes después del divorcio.
Cantidades grandes.
Regulares.
Como si aquel hombre que le puso la tarjeta en la mano afuera del juzgado hubiera seguido alimentando en silencio una cuenta que ella nunca se atrevió a tocar.
Sintió que el pecho le ardía.
Porque, de pronto, la historia que llevaba cinco años repitiéndose para poder soportar la humillación empezó a romperse.
Quizá Don Ernesto no la dejó con tres mil pesos.
Quizá le dijo eso por alguna razón.
Una razón que todavía no entendía.
—Necesito hablar con el gerente —dijo, con la voz sorprendentemente firme.
La cajera asintió enseguida.
—Claro, señora. En un momento.
Minutos después, Carmen estaba sentada en una oficina de vidrio con aire helado, un sofá demasiado blando y una mesa de cristal frente a ella. El gerente, un hombre de traje oscuro y trato impecable, ya no la miraba como a una clienta cualquiera. La miraba como se mira una historia que de pronto se vuelve importante.
—Doña Carmen —dijo con cuidado—, esta cuenta fue abierta hace cinco años por don Ernesto Salgado. Él dejó instrucciones muy específicas.
Carmen sintió un pinchazo en el corazón al oír su nombre completo. Don Ernesto Salgado. Su esposo de treinta y siete años. El hombre que se fue sin mirar atrás.
—¿Qué instrucciones?
El gerente abrió una carpeta digital en su computadora.
—La cuenta fue creada para usted como única beneficiaria y titular operativa. Él dejó la tarjeta activa y depósitos programados mensuales desde una estructura financiera vinculada a varias rentas y a una póliza de inversión. También dejó bloqueada cualquier modificación hasta que usted hiciera el primer retiro presencial.
Carmen no entendió la mitad de las palabras.
Solo entendió lo esencial.
Todo estaba preparado para ella.
Desde hacía cinco años.
—¿Y por qué me dijo que había tres mil pesos?
El gerente dudó apenas.
—Hay algo más, señora.
Sacó de un cajón un sobre amarillo, grueso, con el sello del banco.
Tenía escrito a mano: “Para Carmen, solo cuando use la tarjeta”.
Carmen dejó escapar un sonido roto.
Reconoció la letra al instante.
Ernesto.
La misma letra con la que hacía listas del súper y apuntaba teléfonos detrás del calendario.
Sus manos temblaron tanto que el gerente tuvo que acercarle un abrecartas.
Abrió el sobre despacio.
Dentro había una carta.
Varias hojas dobladas con precisión.
Carmen respiró hondo y empezó a leer.
“Carmen:
Si estás leyendo esto, significa que por fin usaste la tarjeta. Ojalá no haya pasado demasiado tiempo. Ojalá no hayas sido tan terca como yo imagino. Y si sí lo fuiste, entonces esta carta llega tarde, como casi todo lo que debí decirte en vida.
Primero, la verdad: nunca hubo solo tres mil pesos.