Mantuvo sus ojos fijos en la mesa.
“No huí de ti.”
—Entonces, ¿qué…?
“Corrí por Maya”.
Y luego me contó todo.
En las semanas previas a la desaparición de Daniel, Maya se había sincerado con él. Dijo que su padrastro se había vuelto cada vez más voluble e impredecible. Casi todas las noches gritaba, azotaba puertas y destrozaba cosas por la casa.
—Dijo que ya no podía quedarse allí —dijo Daniel en voz baja—. Tenía miedo.
Creo que lo conocí. Fui a su casa a preguntarle si sabía qué te había pasado, y un hombre me abrió la puerta. Me dijo que Maya se estaba quedando con sus abuelos.
Daniel negó con la cabeza. «Mintió».
Me recosté en la silla, atónita. "Todo este tiempo... ¿pero por qué no se lo contó a un profesor? ¿Y qué tiene eso que ver con que te hayas escapado?"
“Ella no creía que nadie le creería, y yo… no sabía qué más hacer.” El rostro de Daniel se tensó por la emoción. “Vino a la escuela ese día con la mochila ya preparada. Dijo que se iba esa tarde. Intenté convencerla de que no fuera, pero no me hizo caso.”
“Así que fuiste con ella.”
—No podía dejarla ir sola, mamá. Pensé en llamarte muchas veces.
"¿Por qué no lo hiciste?"
—Porque le prometí a Maya que no le diría a nadie dónde estábamos. —Tragó saliva con dificultad—. Ella creía que si alguien nos encontraba, la mandarían de vuelta enseguida.
“¿Y hoy cuando me viste?”