PARTE 1
—Si tu madre no sabe comportarse, alguien tenía que enseñarle.
Eso dijo Diego antes de soltarle una cachetada a mi mamá frente a toda su familia, en plena comida de compromiso de su hermano menor.
El golpe tronó tan seco que hasta el mariachi que tocaba bajito en el patio dejó de rasguear la guitarra.
Yo no grité.
No corrí.
No le aventé el vaso de agua como cualquier hija hubiera querido hacer.
Me quedé parada, con una mano sobre mi panza de siete meses, contando los segundos.
Uno… por todas las veces que mi mamá se tragó sus lágrimas para no preocuparme.
Dos… por cada burla de mi suegra.
Tres… por el miedo que yo le había llamado “paciencia”.
Y al cuarto segundo entendí que no iba a salvar mi matrimonio.
Iba a hundirlo.
Todo había empezado por una cazuela de mole de olla.
Mi mamá, doña Carmen, le había quitado un poco de grasa al caldo porque yo llevaba días con náuseas. Pero mi suegra, Teresa, hizo una mueca como si le hubieran servido agua sucia.
—Pues así no sabe a nada —dijo, fuerte, para que todos escucharan—. Se nota cuando una viene de rancho. Hasta para cocinar le falta clase.
Mi mamá bajó la mirada.