Las burlas que Aлина aprendió a soportar
— Oye, Morozova, ¿es cierto que tu madre limpió ayer nuestro gimnasio? — soltó Antón Volkov, apoyándose en la mesa del aula.
El silencio cayó de inmediato. Aline cerró su cuaderno con calma, levantó la vista y respondió sin alterarse: su madre trabajaba en la escuela como limpiadora. ¿Y qué?
La clase estalló en risas cuando Antón remató el comentario con una crueldad disfrazada de broma: se preguntó en qué llegaría ella a la graduación, si en autobús, “con cubo y fregona”. Aline no dijo nada. Hacía años que había aprendido a no regalarle su dolor a nadie.
Una madre trabajadora y una hija decidida
En casa, Elena Morozova la esperaba como cada día. A sus 38 años, el cansancio se notaba en sus rasgos, pero no en su forma de mirar a su hija. Trabajaba en tres turnos para que Aline pudiera estudiar y soñar con la universidad.
Aline nunca le contaba las burlas. No quería añadir preocupación a una mujer que ya hacía demasiado. Cuando Elena le proponía pasar tiempo juntas o descansar, la joven inventaba excusas: un examen, una recuperación, una tarea pendiente. La verdad era que también trabajaba por las tardes para ayudar con los gastos.
> “Mamá no necesita saberlo todo para sufrir menos”, pensaba Aline, aunque en el fondo se sentía cada vez más cansada.