A las once cuarenta y siete de la noche, Diego Collado corría por los pasillos del Hospital Santa Catalina como si la vida se le estuviera escapando entre los zapatos.
La corbata le colgaba torcida, la camisa fina se le pegaba al cuello por el sudor, y en la mano apretaba el celular con tanta fuerza que la pantalla parecía a punto de partirse. Tania, su amante, estaba de parto tres semanas antes de lo esperado. Los mensajes no dejaban de llegar.
“¿Dónde estás?”
“Algo está mal.”
“Los doctores están preocupados.”
“Ven ya.”
Diego había dejado una cena de negocios en Polanco sin explicar nada. Tiró unos billetes sobre la mesa, abandonó su corte de carne a medio comer y salió como alma que lleva el diablo. En otro tiempo, cuando todavía era joven y todavía creía que las mentiras no cobraban intereses, habría pensado que esa noche era el inicio de su nueva vida. Un hijo con Tania. Una familia diferente. Una oportunidad para demostrar que el problema nunca había sido él.
Pero el destino, cuando cobra, no avisa.
El ala de maternidad olía a desinfectante, café recalentado y flores marchitas. De alguna habitación salía el llanto de un recién nacido. De otra, el murmullo de una familia rezando bajito. Diego avanzó siguiendo los letreros, hasta que una enfermera con uniforme morado le cerró el paso.
—Señor, tiene que registrarse.
—Mi pareja está dando a luz. Tania Beltrán. Cuarto 412. Me están esperando.
La enfermera revisó una tableta. Sus ojos bajaron un instante a la mano izquierda de Diego, donde todavía llevaba el anillo de su matrimonio anterior. Él lo notó y escondió los dedos.
—Al fondo, vuelta a la izquierda —dijo ella—. Pero apúrese.
Diego siguió corriendo. Iba a doblar hacia el cuarto 412 cuando vio abierta la puerta de la suite VIP.
No debió mirar. Pero miró.
La habitación era enorme, iluminada con una luz tibia, casi dorada. Había arreglos de rosas blancas, orquídeas, sillones de piel clara y una ventana enorme desde donde se veían las luces de la ciudad. Parecía más un departamento de lujo que una sala de parto.
Junto a la cama estaba un hombre alto, de traje oscuro, cabello negro con canas elegantes en las sienes, postura tranquila y poderosa. Diego lo reconoció de inmediato. Julián Arriaga, fundador de Arriaga Technologies, uno de los empresarios más ricos de México. Su rostro salía en revistas de negocios, entrevistas, foros internacionales y eventos de beneficencia.
Pero no fue él quien le congeló la sangre.
Fue la mujer en la cama.
Mariana.
Su exesposa.
La mujer que había dejado dieciocho meses atrás. La mujer a la que había humillado en silencio durante cinco años. La mujer que lloró en clínicas de fertilidad creyendo que su cuerpo no servía, mientras él sabía perfectamente que esos tratamientos jamás iban a funcionar.
Mariana estaba embarazada.
No solo embarazada. Radiante. Viva. Hermosa de una forma que Diego no recordaba haber visto nunca durante sus últimos años juntos. Su vientre se elevaba bajo la sábana blanca, y en el monitor se marcaban dos ritmos diminutos.
Gemelos.