PARTE 1
“¡Córtame el brazo, por favor… ya no lo quiero!”
Eso fue lo que Mateo Salazar, de apenas diez años, le suplicó a doña Rosa con los ojos rojos de fiebre y la voz rota por el llanto.
La lluvia golpeaba los ventanales de la casa en Zapopan como si quisiera entrar a la fuerza. Afuera, las calles estaban inundadas; adentro, el cuarto del niño parecía una pesadilla. Mateo llevaba casi una semana sin dormir bien desde que se cayó de los juegos en la escuela y se fracturó el brazo.
Pero desde que le pusieron el yeso, algo no estaba bien.
—¡Papá, me están mordiendo! —gritaba mientras golpeaba el brazo contra la pared—. ¡Hay cosas adentro!
Alejandro, su padre, estaba agotado. Viudo desde hacía tres años, había intentado reconstruir su vida casándose con Valeria, una mujer elegante, siempre impecable, siempre tranquila… demasiado tranquila.
—Mateo, ya basta —dijo Alejandro, sujetándolo de los hombros—. El doctor dijo que era normal que te diera comezón.
—¡No es comezón! —sollozó el niño—. ¡Se mueven!
Valeria apareció en la puerta con su bata de seda color marfil, el cabello perfecto y una expresión de lástima cuidadosamente ensayada.
—Alejandro, te lo dije —murmuró—. Esto no es dolor. Es manipulación. Desde que me casé contigo, Mateo hace todo para llamar tu atención.
—¡Mentira! —gritó Mateo—. ¡Tú sabes lo que hiciste!
Valeria abrió los ojos, fingiendo estar herida.
—¿Ves? Ahora me acusa a mí. Necesita ayuda profesional antes de que se lastime más.
Doña Rosa, quien llevaba años trabajando con la familia, observaba desde el pasillo con el corazón apretado. Ella había cuidado a Mateo desde que su mamá vivía. Conocía sus berrinches, sus miedos, sus silencios. Y aquello no era un berrinche.
El cuarto olía raro. No solo a sudor o vendas sucias. Había un olor dulce, pegajoso, mezclado con algo podrido.
Esa misma tarde, al cambiar las sábanas, doña Rosa vio una hormiga roja caminando sobre la almohada. No iba hacia el piso. Iba directo al yeso. La hormiga desapareció por una pequeña abertura cerca de la muñeca de Mateo.
—Señor Alejandro —dijo con miedo—, hay algo dentro de ese yeso.
Él soltó una risa amarga.
—Por favor, Rosa. No le sigas el juego.
Esa noche, Mateo intentó romper el yeso contra la cabecera. Desesperado, Alejandro le amarró suavemente la mano sana a la cama con un cinturón para que no se hiciera daño.
Valeria miró la escena desde la oscuridad del pasillo.
Y sonrió apenas.
Como si todo estuviera saliendo exactamente como ella quería.
A la mañana siguiente, Mateo ya no tenía fuerza para gritar. Solo miró a doña Rosa y susurró:
—Traiga el cuchillo grande de la cocina.
Ella se quedó helada.
—¿Para qué, mi niño?
Mateo lloró en silencio.
—Para cortarme el brazo.
Y en ese instante, doña Rosa entendió que nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Doña Rosa bajó las escaleras con el corazón latiéndole en la garganta. Encontró a Alejandro en el comedor, sentado frente a unos papeles de una clínica privada de salud mental en las afueras de Guadalajara.
Valeria estaba detrás de él, masajeándole los hombros como si fuera una esposa preocupada.
—No puede firmar eso —dijo Rosa, casi temblando—. Mateo tiene fiebre. Los dedos están morados. Ese brazo huele mal. Hay que llevarlo a urgencias.
Alejandro no levantó la mirada.