“Córtenme el brazo”, suplicaba el niño entre fiebre y lágrimas; nadie le creyó, hasta que la mujer que lo cuidaba decidió romper el yeso sin permiso.

Valeria gritó detrás de él:

—¡Está loca! ¡Va a lastimar al niño!

Rosa no contestó.

Se arrodilló junto a Mateo.

—Quédate quietecito, mi cielo. Voy a sacar lo que te está matando.

Metió las pinzas en el borde del yeso.

CRAC.

El sonido partió la casa en dos.

Otro golpe.

CRAC.

Entonces salió el olor.

Dulce.

Podrido.

Enfermo.

Y justo antes de que Alejandro tumbara la puerta, Rosa vio algo moverse dentro del yeso abierto.

Lo que encontró ahí obligaría a todos a esperar la verdad de la parte 3…

PARTE 3

Alejandro derribó la puerta justo cuando el yeso se partió por completo.

Entró furioso, listo para apartar a Rosa de su hijo, pero se quedó inmóvil.

Primero le llegó el olor.

Luego vio el brazo de Mateo.

Debajo del yeso había una masa pegajosa de miel seca, piel inflamada, heridas abiertas y decenas de hormigas rojas moviéndose entre el algodón del vendaje. En las partes más dañadas, pequeñas larvas blancas se retorcían sobre la piel infectada.

Mateo había dicho la verdad.

No estaba loco.

No inventaba.

Algo se lo estaba comiendo vivo mientras todos lo llamaban manipulador.

Alejandro cayó de rodillas.

—No… no, Dios mío…

Rosa pateó el yeso roto hacia él.