Nika y Angela. Así se llamaban las gemelas.
Mis compañeros de trabajo murmuraban que los bebés acabarían en un orfanato.
Pero no podía dejar a esas niñas con desconocidos después de la promesa que le hice a su madre.
Así que sí. Las adopté.
Y se convirtieron en la mayor alegría de mi vida.
No voy a mentir: fue duro. Además de turnos de veinticuatro horas en el hospital, tenía que cuidar a gemelas recién nacidas.
Pero hice todo lo posible para asegurarme de que nunca se sintieran indeseadas.