Mi madre biológica murió al darme a luz. Esa era la única verdad que conocía sobre mis orígenes. Durante años, esa frase fue suficiente para explicar el vacío que sentía cada vez que pensaba en el comienzo de mi vida.
Los primeros cuatro años los pasé solo con mi padre y yo. No recuerdo todos los detalles, pero sí momentos pequeños que aún brillan en mi memoria: su voz llamándome “su mundo entero” y aquellas veces en que me alzaba hasta la encimera de la cocina para que le ayudara a revolver algo en un bol enorme.
Cuando yo tenía cuatro años, conoció a Meredith. Seis meses después se casaron, y poco tiempo más tarde ella me adoptó. Empecé a llamarla mamá sin pensarlo demasiado, como si siempre hubiera sido así.
Dos años después, una tarde, Meredith entró en la habitación con el rostro descompuesto, como si le hubieran robado el aire. Se arrodilló frente a mí, me tomó las manos y me dijo con una suavidad que nunca olvidaré: