Cuando mi hijo, Brian, me abofeteó en la cara en su propia cocina, su esposa ni siquiera se sobresaltó, no se disculpó, ni mostró la menor vergüenza.

No porque tuviera miedo.
Sino porque la casa ya no era mía, y George, con bastante dignidad, me ofreció dos semanas en una suite que él mismo pagó mientras yo encontraba el apartamento que Daniel había reservado de manera temporal.

A la mañana siguiente pensé que lo peor había pasado.

Me equivoqué.

A las nueve y veinte, mi hija Clara me llamó llorando.

—¿Qué hiciste? —me preguntó sin saludar—. Brian dice que lo dejaste sin hogar, que vendiste la casa por despecho y que hasta llamaste a la policía para humillarlo frente a Melissa.

Me quedé mirando la taza de té entre mis manos.

Por supuesto.

Él ya había empezado la siguiente fase.

Convertirse en víctima.

Durante las siguientes horas, llegaron más llamadas.
Mi cuñada.