La nieta fresa que golpeó a su abuela por dinero nunca imaginó la brutal lección que le llegaría a las 7 de la mañana

PARTE 1
—Usted ya estorba, abuela. La neta, debería haberse muerto hace años. Ese fue el grito que Valeria le soltó en la cara a doña Mercedes frente a 23 personas, justo antes de darle tremenda bofetada que le rompió el labio. Todo esto en plena cena de su cumpleaños número 70.

Mercedes Arriaga cayó pesadamente contra el trinchador de caoba del inmenso comedor. Sus lentes se hicieron pedazos contra el piso y su blusa de seda, comprada especialmente para la ocasión, se manchó de sangre. Absolutamente nadie se atrevió a mover un dedo en esa inmensa casona de Coyoacán.

Ni los suegros de la joven, ni sus amigas fresas, ni los socios adinerados de su esposo Rodrigo. Todos se quedaron mudos, viéndose las caras como si estuvieran frente a la pantalla viendo el final de una telenovela, dudando si debían llamar a la ambulancia o quedarse callados.

En todo México, la señora era conocida simplemente como doña Meche. Durante 40 años, levantó Editorial Arriaga desde un pequeño local rentado en el centro hasta convertirla en el imperio de libros más picudo e importante del país. Pero su vida personal estaba marcada por el dolor.

Su única hija, Lucía, falleció de cáncer a los 39 años. Le dejó a Valeria, una niña de apenas 8 años que no soltaba su muñeca de trapo ni para irse a bañar. Desde ese trágico día, Mercedes fue su madre, su padre, su paño de lágrimas y su banco personal.

Le pagó colegios carísimos, viajes de lujo a Valle de Bravo y la universidad en la Ibero. Le dio el enganche para una mansión en Tecamachalco y un fondo millonario para abrir su propia agencia. En esa cena de cumpleaños había mole negro, tequila del bueno y pastel.

Valeria llegó 40 minutos tarde, luciendo un vestido dorado entallado y tacones de diseñador. No abrazó a la festejada ni la felicitó. Solo miró el comedor con aire de dueña absoluta, movió la tarjeta de lugar de la abuela y se sentó en la cabecera, mandando a Mercedes al rincón.

Doña Meche tragó saliva para no armar un desmadre. Pero a mitad del brindis, la nieta levantó su copa: —Rodrigo y yo decidimos que la editorial necesita sangre nueva. Desde el lunes yo asumo la dirección general. Mi abuela hizo lo que pudo, pero ya no entiende el mundo, güey.

Mercedes sintió un escalofrío en la espalda, pero mantuvo la compostura y le exigió que se callara. Valeria se burló frente a todos sus invitados: —Ya basta de fingir que eres indispensable. Eres una carga enorme para todos. Cuando doña Meche le exigió respeto, la joven se le fue encima.

—Mientras tú sigas viva, yo nunca voy a ser nadie importante —le escupió con desprecio, justo antes de soltarle el golpe. Tirada en el piso, saboreando su propia sangre, Mercedes entendió que la niña que tanto amó ya no existía. Nadie en esa mesa podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…