PARTE 2
El primero en reaccionar fue don Ernesto Luján, el abogado personal de la familia desde hacía 30 años. Luego saltó Clara, la mejor amiga de Mercedes, quien traía su celular grabando porque quería subir el brindis a sus redes. Ese video terminaría guardando una evidencia legal brutal y definitiva.
Ernesto ayudó a la abuela a levantarse mientras Clara le limpiaba la sangre del labio. A doña Meche le dolían las costillas y el orgullo, pero no soltó ni una maldita lágrima frente a su agresora. Se acomodó el cabello, respiró hondo y miró fijamente a la joven mimada.
—Ya hiciste tu teatrito, Valeria. Ahora escucha muy bien el mío —dijo con voz de hierro—. Esta misma noche largas tus cosas y sales de mi casa. No vas a heredar esta propiedad, ni la empresa, ni siquiera una triste taza de café de mi maldita cocina.
Rodrigo se paró de golpe, sudando frío. —Doña Meche, por favor, la neta tomó de más, no haga tanto drama. Mercedes lo fulminó con la mirada: —Tú te casaste creyendo que Valeria heredaría un imperio millonario. Te ahorro la dulce espera, mijo: tu esposa no va a heredar absolutamente nada.
Valeria soltó una carcajada burlona, sintiéndose intocable. —Estás loca, no puedes hacer eso. Mercedes solo le respondió: —Mírame hacerlo. Subió a su recámara y cerró la pesada puerta de madera. Ahí, en la soledad, lloró exactamente 4 minutos. Luego se lavó la sangre y llamó a su abogado.
—Sube ya, y trae a Julián —ordenó. Julián era su contador estrella, que seguía en la planta baja pálido y sin atreverse a probar el postre. A la medianoche, el elegante comedor se convirtió en un verdadero cuarto de guerra. Ernesto abrió su maletín y Julián encendió su laptop a toda prisa.
Lo que la escuincla ignoraba es que jamás había recibido acciones de la editorial. Todo estaba blindado en un fideicomiso privado. Mercedes era la única administradora vitalicia, con derecho a cambiar herederos a su antojo. Si moría, Valeria se quedaba con toda la lana, pero esa noche las reglas cambiaron para siempre.
El contrato laboral de la nieta tenía una cláusula implacable: la agresión física o el abuso contra un adulto mayor implicaba despido inmediato, sin un solo peso de liquidación. El millonario fondo de su agencia también regresaba a Mercedes en caso de maltrato. Y la casa de Tecamachalco no fue un regalo, fue un préstamo firmado.
Valeria siempre creyó que el amor volvía débil a su abuela. Nunca entendió que una mujer que levanta una empresa en México peleando contra machistas aprende a defenderse con uñas y dientes. A las 2 de la mañana redactaron el despido fulminante. A las 3, Julián bloqueó todas sus tarjetas corporativas.
A las 4 de la mañana, prepararon el cobro total del préstamo hipotecario exigible de inmediato: 7,800,000 pesos. A las 5, Mercedes firmó el cambio de testamento, dejando su patrimonio a 3 instituciones culturales, a 2 empleadas leales y a su bisnieto Mateo, de 4 años, protegiendo su dinero en un fondo hasta que cumpliera 25.
A las 7:30 de la mañana, un mensajero certificado salió hacia Lomas de Tecamachalco con un sobre pesado. Llevaba el despido, el cobro de la casa, la restricción legal y una foto impresa del video donde Mercedes sangraba en el suelo. Valeria despertó a las 8:47 de la mañana con una cruda espantosa.
Tenía 89 llamadas perdidas y 31 mensajes de voz. Rodrigo abrió la puerta, leyó los papeles y sintió que se desmayaba. Valeria intentó romperlos, hizo un berrinche y se fue a Coyoacán a golpear la puerta durante 20 minutos gritando groserías, hasta que 2 policías capitalinos amenazaron con llevársela detenida.