Pero aquella noche, cuando ella se negó a obedecer sin cuestionar, él perdió el control. No importó que fuera su esposa, no importó que el personal doméstico los estuviera viendo. La trató como si fuera una empleada rebelde. Le dijo mantenida. Le gritó. Y luego, sin decir una palabra más, la empujó fuera de la casa. Sin ropa, sin zapatos, sin dignidad.
Camila sintió el frío como un golpe en la espalda. La puerta se cerró de golpe. La lluvia empezó a caer con fuerza. No podía moverse. No sabía si gritar, llorar o simplemente dejarse caer. La mejilla le ardía, el orgullo estaba hecho pedazos y el alma se le congelaba.
—Camila —llamó una voz desde la oscuridad.
Parte 2 …

Ella levantó la mirada, con el corazón latiendo descontrolado.
La lluvia caía fuerte, empapándole el rostro, mezclándose con lágrimas que ya no sabía si eran de dolor o de rabia.
Entre la penumbra, bajo la luz amarillenta del farol de la calle, distinguió una figura que se acercaba rápidamente.
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