El niño había declarado en una sala especial. Yo le había llevado agua, galletas y un cuaderno porque no dejaba de temblar. Se llamaba Álvaro Méndez Vargas.
El mismo que ahora estaba frente a mí, vestido de novio, con las pupilas dilatadas y la vida a punto de estallarle en las manos.
—Tú estabas allí —dijo en voz baja, como si la frase le arañara la garganta.
No era una pregunta.
—Sí —respondí.
Mi madre intentó recuperar el control con su tono de acero.
—No sé qué teatro es este, pero la ceremonia va a continuar. Clara, ven aquí.
Álvaro ni siquiera la miró.
—No va a continuar —dijo.
Mi padre apareció entonces, rojo de furia y desconcierto.
—¿Se puede saber qué demonios pasa?
Álvaro se giró hacia él con una lentitud peligrosa.
—Pasa que su mujer acaba de insultar a la única persona de esta hacienda que me ayudó cuando yo era un niño y mi madre estaba siendo destruida por una familia muy parecida a la suya.
Un murmullo corrió entre los invitados. Nadie entendía del todo, pero todos intuían que aquello ya no era una excentricidad de boda. Era dinamita.
Clara dejó el ramo sobre una silla. Al hacerlo, se le deshizo entre los dedos.
—Se lo iba a decir yo —susurró, mirándome por fin—, pero no sabía cómo.
La observé en silencio. Hacía nueve años que no la veía de verdad.
—¿Decirme qué? —pregunté.
Fue Álvaro quien contestó.
—Que yo sabía quién eras desde que Clara me enseñó una foto vuestra de pequeñas. Tardé unos minutos en reconocerte, pero desde entonces supe que eras tú. La chica del despacho. La que consiguió que alguien escuchara a mi madre como persona.
Lo miré con incredulidad. Recordaba demasiado bien aquel caso para permitirme adornos. No habíamos ganado. Elena fue absuelta de los cargos fabricados, sí, pero el agresor nunca fue condenado. Yo solo había hecho recados, fotocopias, llamadas, acompañamiento. Lo justo. Lo mínimo.
—Yo no hice gran cosa —dije.
—Hiciste más de lo que hizo nadie —replicó él.
Mi madre soltó una risa breve, cortante.
—Qué conmovedor. ¿Hemos venido a celebrar una boda o a escuchar dramas de gente resentida?
Varios invitados bajaron la vista.
Pero entonces Clara se volvió hacia ella con una frialdad que no le conocía.
—Basta, mamá.
Mi madre parpadeó.