Capítulo 1: El eco de los tacones de diseñador
“NO DURARÁS NI UN MES SIN NUESTRO DINERO”, se rio mi exsuegra, con un sonido afilado y dentado que cortó el aire estéril y presurizado del Tribunal del Condado de Nueva York.
No me detuve. Seguí caminando hacia los ascensores, con la mano aferrada al asa de cuero frío de una sola maleta de mano modesta. Era lo único que había llevado conmigo cuando me mudé fuera de la casa adosada de los Sterling y, hoy, era lo único que me llevaba de cinco años de matrimonio. Detrás de mí, los tacones de diseñador de Beatrice Sterling resonaban con una precisión rítmica y depredadora sobre el mármol. Era un sonido que antes desencadenaba en mi pecho una respuesta pavloviana de ansiedad: una señal de que se avecinaba una crítica, de que mi vestido era demasiado sencillo, mi cabello demasiado “corriente” o mis opiniones demasiado “desinformadas”.
Hoy, sin embargo, ese taconeo sonaba como el tic-tac de un reloj marcando los últimos segundos de una era.
“Espero que hayas guardado tu uniforme de camarera de la universidad, Elena”, soltó Beatrice con desprecio. Pude oír el roce de su estola de visón cuando se la ajustó más alrededor de los hombros, en un gesto teatral, como si mi cercanía fuera una corriente de aire que no lograba bloquear del todo. “Porque sin el nombre Sterling y la cuenta bancaria de mi hijo, tendrás suerte si puedes pagar un estudio en las afueras podridas de Jersey. Has vuelto a ser una don nadie. Un caso de caridad del que por fin nos hemos librado.”