Dijo que tenía interés en esa propiedad.
Que una mujer sola, sin papeles, era cosa frágil.
Que él volvería a conversar.
Volvió, sí. Y la segunda vez fue peor. Trajo hombres, amenazas y un plazo.
A fin de mes, debía irse.
Aquella noche, Celina no durmió.
Doña Firmina llegó dos días después y, al oírlo todo, dejó caer una verdad que volteó la historia por completo. La mujer que había vivido allí se llamaba Nazaré. Había llegado sola, huyendo del maltrato, había criado a su hija en esa finca y había llenado la tierra de saberes, remedios y semillas. El padre de Severo había intentado quitarle la propiedad por el agua del arroyo. No pudo. Nazaré se enfermó y se fue en la noche con su hija, dejando escondido el cuaderno como quien deja una promesa.
Y lo más importante:
nunca vendió la tierra.
Celina fue a la notaría del pueblo. El registro seguía a nombre de Nazaré. Severo no tenía un solo papel. Todo había sido un farol, una amenaza apoyada en la costumbre de asustar a quien estaba sola.
Entonces llegó otra revelación.
Doña Firmina sabía dónde estaba Nazaré.
Seguía viva.
Vieja, enferma, pero viva.
Celina pasó la noche escribiéndole una carta a la luz del quinqué. Le contó quién era. Cómo había llegado. Qué había sembrado. Qué había aprendido de su cuaderno. Le pidió permiso para quedarse y continuar lo que ella había empezado.
Arlindo, el arriero callado que ya empezaba a ocupar demasiado espacio en sus pensamientos, llevó la carta en mano.
Y antes de irse, le dijo algo que nadie le había dicho jamás:
que era la persona más fuerte que había conocido.
Diez días podían parecer poco.
Pero no cuando estás esperando una respuesta que puede salvarte la vida.
Porque Severo no pensaba esperar.
Y cuando regresó, no vino a hablar.
Vino con cuatro hombres para sacarla de la finca ese mismo día.
PARTE 3
Los cascos se escucharon antes de que aparecieran.
Secos. Firmes. Decididos.
Celina estaba en el patio cuando vio entrar a Severo con cuatro hombres a caballo. El plazo, dijo él, se había terminado. O se iba por las buenas, o se iba por las malas.
Pituca se lanzó hacia adelante con una furia que nunca le había visto. El lomo erizado, los dientes afuera, el ladrido rompiendo el aire como una alarma. Uno de los caballos retrocedió.
Celina lo llamó junto a ella y dio un paso al frente.
Por dentro temblaba.
Por fuera no.
Le dijo a Severo que ya sabía la verdad. Que había ido a la notaría. Que esa tierra no le pertenecía. Que si tocaba una sola cosa de esa finca, respondería ante la ley.
La cara de Severo cambió.