EL BARÓN COMPRÓ A UNA ESCLAVA PELIGROSA Y AGRESIVA… Y A LOS 7 DÍAS OCURRIÓ LO PEOR EN LA HACIENDA

EL BARÓN COMPRÓ A UNA ESCLAVA PELIGROSA Y AGRESIVA… Y A LOS 7 DÍAS OCURRIÓ LO PEOR EN LA HACIENDA

El rematador, Rodrigues, hombre de oficio y estómago fuerte, se mantuvo a una distancia prudente de ella antes de alzar la voz.

—Señores… esta es Valentina, treinta años, de extraordinaria fuerza física. Buena para el trabajo cuando decide trabajar. Pero escuchen bien: extremadamente peligrosa. Ha atacado a cinco dueños distintos. Se fugó ocho veces. Dejó a dos hombres con secuelas permanentes. Es… —hizo una pausa breve— indomable.

Nadie se rió.

Nadie hizo un comentario.

Todos sabían que no exageraba.

Rodrigues levantó la mano, intentando no mirar demasiado de frente a la mujer.

—Comenzamos en quince contos de réis.

El silencio fue tan rotundo que incluso él se removió incómodo. Quince contos era un precio ridículo para una persona en edad fuerte, sana y capaz de trabajar. Pero no se trataba de comprar brazos. Se trataba de comprar un incendio. Nadie quería llevarse a su casa una bomba con cadenas.

Valentina sonrió entonces.

No fue una sonrisa alegre.

Fue una mueca torcida, cargada de desprecio, como si aquella cobardía colectiva confirmara algo que ella ya sabía: que los hombres que se creían dueños del mundo temblaban cuando encontraban a alguien que no podían quebrar.

Rodrigues estaba a punto de bajar el precio cuando una voz grave, serena, inesperada, cortó el aire.

—Treinta y cinco contos.

Las cabezas se giraron al unísono.

Quien había hablado era el barón Teodoro Almeida.

Tenía cincuenta años, los hombros anchos, el porte recto, la barba bien recortada ya cruzada de canas, y la expresión de quien no acostumbra repetir órdenes. Viudo desde hacía tres años, dueño de una hacienda vasta y próspera en una región de frontera donde la tierra parecía no acabarse nunca, Teodoro no era un hombre dado a caprichos públicos. Si hablaba, era porque ya había decidido. Si pagaba más del doble por una mujer a la que todos temían, algo había visto en ella que los demás no veían.

O creían no ver.

Rodrigues parpadeó, incrédulo.

—¿Treinta y cinco, señor barón? —repitió, como si esperara corregir un malentendido.

—Treinta y cinco —confirmó Teodoro, sin alzar la voz.

Valentina levantó la vista hacia él.