Teodoro se acercó primero al viejo.
Se arrodilló a su lado.
—¿Por qué te estaba castigando?
El hombre lloraba de vergüenza y dolor.
—Porque hoy fui más lento, señor. Me duelen mucho las espaldas… la artritis… Pero yo estaba trabajando. Se lo juro.
Teodoro se puso de pie con una calma que resultaba más peligrosa que el grito.
Miró a Damião.
—¿Es cierto?
El capataz, aturdido, intentó recuperar dignidad.
—Necesita disciplina. Todos la necesitan.
La voz de Teodoro estalló entonces, por primera vez desde que Valentina lo conocía.
—Disciplina no es tortura.
Hasta los árboles parecieron guardar silencio.
—Estás despedido. Reúne tus cosas y abandona mi propiedad en treinta minutos. Si sigues aquí después de eso, te sacaré por la fuerza y aún deberías agradecer que no te entregue a la justicia por lo que acababas de hacer.
Damião quiso protestar, vio los ojos del barón y comprendió que no había margen.
Se fue humillado, sangrando y tambaleante.
Cuando el patio quedó vacío y el anciano fue llevado para recibir atención, Teodoro se volvió hacia Valentina. Los hombres que la sujetaban la soltaron poco a poco. Ella se mantuvo alerta, jadeando, cubierta de sudor y furia. Esperaba lo peor. En cualquier otra hacienda, aquella escena le habría costado la vida.
Pero Teodoro hizo algo que la desarmó más que cualquier castigo.
Le pidió a todos que se retiraran.
Y cuando quedaron solos, se acercó despacio y se arrodilló frente a ella, a la misma altura de sus ojos.
—Defendiste a un hombre indefenso.
Valentina parpadeó, desconcertada.
—Sí.
—Y eso fue valiente.
Ella frunció el ceño, casi ofendida por aquella palabra.
—Estaba siendo torturado.
—Lo sé.
—Entonces hice lo correcto.
Teodoro asintió con gravedad.
—En lo esencial, sí. Pero casi lo matas.
—Se lo merecía.