EL BARÓN COMPRÓ A UNA ESCLAVA PELIGROSA Y AGRESIVA… Y A LOS 7 DÍAS OCURRIÓ LO PEOR EN LA HACIENDA

Total.

Irrevocable.

Alzó la vista.

—¿Qué es esto?

—Tu carta de libertad.

El silencio cayó entre ellos, inmenso.

Valentina no se movió.

No sonrió.

No lloró.

Se quedó petrificada, como si el cuerpo no supiera todavía cómo reaccionar ante algo que el alma había deseado tanto que dejó de permitirse imaginarlo.

—¿Por qué? —preguntó al fin, en un hilo de voz.

Teodoro respiró hondo.

—Porque me enamoré de ti.

Ella cerró los dedos sobre el papel.

—No digas eso si no es verdad.

—Es la verdad más limpia que te he dicho.

Valentina lo miraba sin parpadear.

Él continuó, con una serenidad solemne.

—Me enamoré de tu fuerza, sí. Pero no de la violencia. Me enamoré de la mujer que sobrevivió a todo eso sin perder del todo la capacidad de proteger a otros. De la persona que ve la injusticia y no aparta la cara. De cómo transformaste la rabia en algo más grande. Y precisamente por eso no puedo hablarte de amor mientras la ley diga que eres mía. No quiero una sombra de elección. No quiero deberes. No quiero miedo. Primero, tu libertad. Después, si algún día sientes algo parecido, podrás elegir quedarte o marcharte. Como mujer libre.

Valentina sintió que el pecho se le partía.

Toda su vida alguien había decidido por ella.

Cuándo trabajar.

Dónde dormir.

A quién temer.

A quién obedecer.

Qué precio tenía.

Y ahora aquel hombre le estaba poniendo en las manos el derecho más impensable de todos: decidir.

Las lágrimas le brotaron con violencia. No las detuvo.

—Yo también me enamoré de ti —dijo entre sollozos, sin darse tiempo para retroceder—. Desde el día en que no me golpeaste. Desde el día en que defendiste al viejo. Desde cada vez que hiciste exactamente lo que habías prometido. Y me dio miedo. Mucho miedo. Porque no sabía qué hacer con algo así.

Teodoro rodeó la mesa, pero no la tocó de inmediato.

—No tienes que decidir ahora.

Valentina negó con la cabeza, llorando y riéndose a la vez, casi incrédula de estar viva dentro de aquel momento.

—Sí tengo. Porque llevo años peleando con el mundo entero. Y por primera vez no quiero pelear. Quiero quedarme. Pero no como esclava. No como protegida. Quiero quedarme porque yo lo elijo.

Entonces sí, Teodoro la abrazó.

No como quien toma posesión.

Como quien recibe un milagro que no esperaba merecer.

La noticia de la libertad de Valentina corrió por la región con la misma velocidad con que antes había corrido el miedo a la Fera.

Y el escándalo mayor todavía estaba por llegar.