EL CORONEL SE HIZO PASAR POR POBRE, FUE RECHAZADO POR MUCHAS… Y ELEGIDO POR LA MÁS SENCILLA

Cuando el baile acabó, Augusto se marchó igual que había llegado: solo, modesto, sin revelar su nombre verdadero. Pero dentro llevaba algo nuevo. No era aún amor. Sería demasiado fácil llamarlo así. Era una mezcla de alivio, curiosidad y una emoción antigua que creía perdida: la sensación de haber sido visto sin máscara.

Días después, Amélia recibió la visita de un empleado de traje correcto y modales sobrios que llegó a su casa preguntando por ella.

—El coronel Augusto de Alencar la espera en su fazenda —dijo el hombre.

Amélia sintió que el corazón le daba un golpe seco.

—¿El coronel?

—Sí, señora.

Ella pensó de inmediato que debía haber alguna confusión. ¿Qué tendría que ver un hombre como ese con ella? Luego recordó al desconocido del baile. La invitación. La forma en que habló de trabajo. Y una sospecha incómoda empezó a abrirse paso.

Aceptó ir.

No por ambición, sino porque había una verdad que necesitaba mirar de frente.

Llegó a la fazenda una tarde calurosa, con el sol haciendo brillar la tierra roja y los campos extendiéndose hasta donde la vista apenas alcanzaba. Desde el portón principal comprendió que estaba entrando en un lugar muy distinto de cualquier cosa que conociera. La casa grande parecía una declaración de poder: amplia, elegante, rodeada de jardines bien cuidados, peones entrando y saliendo, caballos, camionetas, gente trabajando con la precisión de quien sabe que allí nada puede desordenarse demasiado.

Amélia empezó a sentirse fuera de lugar antes siquiera de bajar del coche.

Un empleado la condujo hasta la varanda principal.

Y allí, de pie, impecablemente vestido, con la autoridad tranquila de quien nunca duda de su lugar en el mundo, estaba el hombre del baile.

El mismo rostro.

La misma voz.

Pero ya no era un hombre cualquiera.

Era el coronel.

El aire pareció irse de golpe de sus pulmones.

Antes de que pudiera decir nada, uno de los trabajadores se acercó a él y lo llamó “coronel Augusto”. Y con esa sola frase, todo terminó de encajar.

La sangre le subió al rostro. Sintió vergüenza, enojo, desconcierto. Durante un instante quiso darse media vuelta y marcharse sin escuchar explicaciones.

Augusto lo notó enseguida. Ordenó con un gesto que los demás se retiraran y se quedó a solas con ella.

—Amélia…

Ella levantó una mano.

—No. Primero quiero entender por qué me mintió.

Augusto no intentó justificarlo con elegancia. Fue directo.

Le explicó que sí, era el coronel Augusto de Alencar. Que se había presentado en el baile con ropa sencilla y nombre falso porque estaba cansado de no saber si alguien se acercaba a él por interés o por verdad. Le habló de su hartazgo, de las mujeres que parecían ver antes sus tierras que su rostro, de la necesidad absurda, casi desesperada, de probar si aún era posible gustarle a alguien sin poder de por medio.

Amélia escuchó todo en silencio.

La humillación de sentirse engañada luchaba dentro de ella con algo más incómodo: la certeza de que aquella noche había sentido algo genuino con él, incluso sin saber quién era.

—No me gustan las mentiras —dijo al fin.

—Lo sé —respondió Augusto—. Y por eso te pido perdón.