Seis meses después de nuestro divorcio, mi exmarido me llamó para invitarme a su boda. Le dije: “Acabo de dar a luz. No voy a ir a ningún lado.” Treinta minutos después, apareció en mi habitación del hospital con el traje de novio puesto… y el rostro blanco de terror.

PARTE 1

“Hoy me caso con la mujer que sí pudo darme una familia”, dijo Mateo, riéndose al otro lado del teléfono.

Yo tenía a mi hija recién nacida dormida sobre mi pecho, todavía rojita, con los puños cerrados como si hubiera llegado al mundo dispuesta a pelear. Estábamos en una habitación privada del hospital en la colonia Roma, con la lluvia golpeando la ventana y el olor a desinfectante mezclado con flores baratas que mi mamá había dejado en la mesa.

Casi no contesté.

Pero cuando vi el nombre de Mateo en la pantalla, sentí que algo se me heló por dentro.

Seis meses después del divorcio, mi exesposo me llamaba desde la entrada de una iglesia en Polanco.

—Lucía —dijo con una alegría venenosa—, quería que lo supieras por mí. Hoy me caso con Valeria.

De fondo se escuchaban violines, risas, copas chocando. Todo ese ruido elegante de la gente rica celebrando a un hombre que me había destrozado la vida y todavía esperaba aplausos por hacerlo.

Miré a mi bebé. Su manita estaba enredada en la bata del hospital.

—Felicidades —respondí.

Mateo soltó una carcajada.

—Siempre tan seca. Por eso lo nuestro terminó como terminó.

—¿Para qué me llamas?

—Para invitarte. Valeria dice que sería sano cerrar ciclos. Además, no queremos rencores.

Valeria.

Mi exasistente.

La misma que me decía “licenciada, qué bonita se ve hoy”, mientras se acostaba con mi marido en viajes de negocios a Monterrey, Cancún y Guadalajara. La misma que me llevaba café sin azúcar y después revisaba mis correos privados para entregárselos a él.

—Acabo de dar a luz —dije—. No voy a ir a ningún lado.

Al otro lado hubo silencio.

La música siguió sonando, pero Mateo ya no se reía.

—¿Qué dijiste?

—Que acabo de dar a luz.

—¿De quién es ese bebé?

Antes, esa pregunta me habría partido. Antes, yo era la Lucía que lloraba en el juzgado mientras él me llamaba inestable, fría, amargada. La mujer a la que convenció al juez de que no merecía la casa, ni acciones de la empresa, ni siquiera respeto.

Pero esa Lucía se había quedado enterrada con las hojas del divorcio.

Acomodé la cobijita rosa alrededor de mi hija.

—Regresa con tu novia, Mateo.

—Lucía —su voz bajó, ronca—. Dime que ese bebé no es mío.

Miré por la ventana. La Ciudad de México brillaba mojada, gris y hermosa.

—Firmaste todo sin leer, Mateo. Siempre odiaste los detalles.

Treinta minutos después, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

Mateo entró con esmoquin, pálido, sudado, con el moño deshecho colgándole del cuello. Detrás de él apareció Valeria con vestido de novia, velo largo y diamantes temblando en la garganta.

Mateo miró a la bebé.

Luego me miró a mí.

—Tú planeaste esto —susurró.

—No —dije tranquila—. Tú lo hiciste.

Y por primera vez desde que lo conocí, vi miedo en los ojos de Mateo Salvatierra.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2