PARTE 2
La ceremonia pasó frente a mis ojos como si yo estuviera debajo del agua.
Escuchaba la música, veía a la gente secarse lágrimas de emoción, miraba a Daniel repetir sus votos con la voz quebrada… y yo sólo podía pensar en la nota sobre mi buró y en mi cabeza desnuda debajo de aquella peluca. Cada aplauso me sonaba lejano. Cada abrazo me parecía una burla.
Pero lo peor no fue eso.
Lo peor fue cuando vi los aretes de esmeralda que Valeria llevaba puestos en el altar.
Eran míos.
Arturo me los regaló en nuestro aniversario número treinta. Los reconocería entre mil piezas. Allí estaban, colgando de las orejas de la mujer que me había dejado calva y me había vaciado el joyero antes de casarse con mi hijo.
La miré de frente. Ella sostuvo mi mirada sólo un segundo y luego sonrió.
Sonrió.
Como si supiera que yo estaba atrapada. Como si supiera que, en ese momento, nadie le creería a una madre “dramática” el día de la boda de su hijo.
Durante la recepción confirmé que aquello no había sido una simple crueldad. Era un plan.
Pasé cerca de una mesa de invitados y escuché a Valeria decir, con una copa de champán en la mano:
“La señora Elena nunca aceptó que Daniel ya tiene otra prioridad. Está inestable desde que enviudó. De hecho, después de la luna de miel vamos a buscar ayuda para ella. No queremos que empeore.”
Sentí que algo se me partía por dentro, pero no de tristeza.
De claridad.
Ya no se trataba de humillarme. Quería pintarme como una mujer desequilibrada. Invalidarme. Apartarme. Convertirme en un estorbo fácil de controlar.
Me aparté del salón y llamé a mi asesor financiero.
“Detén la transferencia”, le dije.
Hubo unos segundos de silencio al otro lado.
“¿Está segura, señora Salvatierra?”
“Completamente.”
Cuando regresé al salón, todo brillaba como en una revista: flores blancas, velas, música en vivo, copas chocando, gente felicitando a los recién casados. Valeria se movía entre las mesas como una reina. Daniel la seguía con esa expresión enamorada que me destrozaba. Ella ya se sentía dueña de todo: de mi hijo, de mi apellido, de mi casa, de mi dinero.
Mi hermana Rosa se acercó y me puso una carpeta en la mano.
Adentro venían las impresiones del registro de seguridad, fotografías del pasillo tomadas por las cámaras exteriores y un reporte que mi abogado había conseguido en tiempo récord. A las 3:12 a.m., Valeria había entrado a la casa acompañada por una de sus damas. A las 3:14, habían subido a mi habitación. A las 3:41, salieron con una bolsa de tela y un maletín pequeño.
El maletín de mis joyas.
Entonces entendí que ya no había nada que salvar de esa noche.
Cuando llegó el momento de los brindis, el maestro de ceremonias anunció mi nombre. Varias personas aplaudieron. Otras voltearon con esa curiosidad morbosa que aparece cuando presienten que algo no anda bien. Valeria me dedicó una sonrisa dulce, segura, triunfante. Daniel evitó mirarme.
Tomé la carpeta con una mano.
Con la otra, toqué la peluca plateada.
Caminé hasta el micrófono, respiré hondo, miré a los invitados uno por uno… y dije:
“Mi nombre es Elena Salvatierra… y hoy amanecí completamente calva.”