PARTE 1
Eran las 2:47 de la madrugada cuando el celular vibró sobre la mesa de cristal.
Mariana estaba dormida en el sillón de su casa en San Pedro Garza García.
La televisión seguía encendida y su taza de café ya estaba completamente helada.
Su esposo, Diego, supuestamente estaba en Tulum en una convención de ventas.
Él le había jurado que era un viaje de puros negocios, que regresaría el jueves.
Pero cuando Mariana abrió los ojos y leyó la pantalla, el sueño desapareció de golpe.
“Me acabo de casar con Paola. Sí, mi compañera de oficina. Llevamos 8 meses.
Tú eres patética, la neta. Tu vida aburrida me hizo todo más fácil.”
Cualquier otra mujer habría gritado, llorado o roto la pantalla contra la pared.
Pero Mariana no derramó ni 1 sola lágrima, solo sintió un vacío muy profundo.
Llevaban 6 años casados y ella siempre había sido el pilar financiero de la casa.
Diego era carismático, encantador, pero un completo inútil para la vida real.
Mariana era directora en una empresa transnacional y pagaba absolutamente todo.
La casa, los autos, las vacaciones y hasta las deudas que él siempre escondía.
Sin decir 1 sola palabra, agarró su laptop con una frialdad que daba miedo.
A las 3:05 de la madrugada, entró a la aplicación de su banco en línea.
Canceló 1 por 1 las 4 tarjetas adicionales que Diego traía en la cartera.
La de gasolina, la del súper, y la codiciada tarjeta corporativa sin límite.
Esa misma tarjeta con la que, seguramente, pagó las margaritas en la playa.
A las 4:15, un cerrajero de emergencia ya estaba cambiando la chapa principal.
A las 8:03, 2 policías municipales tocaron a la puerta tras recibir un reporte.
Diego había llamado desde Quintana Roo diciendo que su esposa lo dejó en la calle.
Mariana les mostró el mensaje de texto y las escrituras de la casa a su nombre.
El oficial mayor soltó 1 suspiro, le dio la razón y le recomendó empacar las cosas.