El hospital llamó y dijo que un niño me había puesto como su contacto de emergencia. Me reí nerviosamente y dije: “Eso es imposible. Tengo 32 años, estoy soltera y no tengo un hijo.” Pero cuando me dijeron que no dejaba de preguntar por mí, conduje hasta allí… y en el momento en que entré en su habitación, mi mundo se detuvo…

PARTE 2

Mis manos temblaban tanto que tardé varios segundos en abrir el sobre.

La letra era de Mariana. La reconocí al instante: inclinada, rápida, como si siempre tuviera prisa por vivir.

Sofía:

Si Mateo llegó contigo, significa que ya no tuve tiempo.

No sé si tengo derecho a pedirte algo después de cómo te traté. Tú viste lo que todos los demás ignoraron. Tú me advertiste sobre Diego y yo te llamé exagerada.

Perdóname.

Diego nos encontró. Pensé que podía proteger a Mateo sola, pero ya no puedo. No dejes que se lo lleve. Llama al comandante Ramírez. Él sabe parte de la historia.

Mi hijo no tiene a nadie más.

Por favor, vuelve a ver la verdad por mí.

Mariana.

El papel se me arrugó entre los dedos.

Mateo me observaba sin pestañear, como si mi reacción pudiera decirle si su mundo se iba a acabar.

“¿Mi mamá está muerta?” preguntó.

Esa pregunta me partió algo por dentro.

Me acerqué a la cama y le acomodé la cobija con cuidado.

“No lo sé, Mateo. Pero creo que estaba tratando de protegerte.”

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

“Ella me subió a un coche. Me dijo que no llorara. Que iba a alcanzarme después.”

“¿A dónde ibas?”

“A tu casa.”

Sentí que el cuarto se movía.

Lourdes me explicó que Mateo venía en un auto por aplicación cuando un conductor borracho se pasó el alto. El chofer estaba grave. Mateo no traía celular, ni credencial escolar, ni familiares registrados. Solo mi número, el sobre y una foto vieja de Mariana conmigo, abrazadas frente a la universidad.

Salí al pasillo y llamé al número escrito en la carta.

El comandante Ramírez contestó al segundo tono.

“¿Quién habla?”

“Sofía Herrera. Mariana Salcedo dejó mi número con su hijo.”

Hubo un silencio corto.

“¿Dónde está el niño?”

“En el Hospital General.”

“No permita que nadie se lo lleve. Nadie. Especialmente si se presenta un hombre diciendo que es su padre.”

El frío me subió por la espalda.

“¿Diego?”

“Diego Aguilar tiene denuncias por acoso, amenazas y violencia familiar. Mariana estaba intentando esconderse. Perdimos contacto con ella esta noche.”

Miré por la ventana del cuarto. Mateo estaba sentado en la cama, abrazando su mochila con el brazo sano.

“Yo no soy su familia”, susurré.

“Ahora mismo”, dijo Ramírez, “usted es la única adulta en quien él confía.”

Regresé al cuarto y me senté junto a él.