Dante no respondió al principio. Miró su celular. Tenía diecisiete llamadas perdidas. Ninguna de Valentina.
Eso le molestó.
No porque sintiera culpa. Sino porque esperaba drama. Esperaba lágrimas. Esperaba el tipo de dolor que confirmaba que todavía tenía poder sobre ella.
“Mi esposa sabe comportarse”, dijo al fin.
Bianca rio suavemente.
“Todas saben comportarse hasta que se cansan.”
Dante la miró con frialdad.
“Valentina no se cansa.”
Pero mientras bajaba en el ascensor, una incomodidad pequeña, casi invisible, le presionó el pecho.
Al llegar a la mansión, notó algo extraño de inmediato. Los guardias de la entrada no bajaron la mirada con la rapidez habitual. El mayordomo no apareció en la puerta. Los autos de Valentina no estaban en el garaje.
Entró caminando despacio, con esa seguridad de hombre acostumbrado a que las paredes le pertenecieran.
“¿Valentina?”, llamó.
Su voz rebotó contra el vestíbulo vacío.
Sobre la mesa central había un sobre blanco con su nombre escrito a mano. La letra de ella. Firme. Elegante. Sin temblores.
Dante lo abrió sin prisa, todavía con una sonrisa incrédula en los labios.
La sonrisa desapareció en la primera línea.
“Dante, cuando leas esto, ya no seré tu esposa.”
El papel crujió entre sus dedos.
Leyó de pie. Luego se sentó. Luego volvió a leer como si las palabras fueran a cambiar por respeto a su apellido.
Valentina no suplicaba. No insultaba. No gritaba. Le informaba.
El divorcio estaba presentado. Sus cuentas personales estaban separadas. Las propiedades compradas con dinero de su herencia materna habían sido protegidas legalmente. Las acciones que Dante había puesto a su nombre para evadir preguntas incómodas ahora eran, por contrato, verdaderamente suyas. Y la fundación benéfica que él usaba para limpiar su imagen quedaba bajo control exclusivo de ella.
Al final de la carta, solo había una frase que le quemó más que cualquier amenaza:
“Una noche te bastó para olvidarme. A mí me bastó un amanecer para recordarme quién soy.”
Dante golpeó la mesa con el puño.
El sonido retumbó en toda la casa.
En cuestión de minutos, los hombres más leales de Dante estaban en la sala. Abogados, asistentes, guardaespaldas. Todos miraban al suelo mientras él caminaba de un lado a otro como un león herido.
“Encuéntrenla”, ordenó.
Uno de sus abogados carraspeó.
“Señor Romano, legalmente…”
Dante se giró lentamente.
“¿Legalmente qué?”
El hombre tragó saliva.
“Doña Valentina salió del país en un avión privado a las seis de la mañana. Todo fue preparado con antelación. Además, ha solicitado medidas de protección financiera y personal. Si intentamos presionarla de manera indebida, puede activar cláusulas que comprometerían varias sociedades.”
Dante se quedó inmóvil.
“¿Cláusulas?”
El abogado abrió una carpeta con manos temblorosas.
“Ella sabía más de lo que pensábamos.”
Esa frase atravesó la habitación como una bala.
Por primera vez en años, Dante sintió miedo. No miedo a la policía, ni a sus enemigos, ni a los socios que soñaban con verlo caer. Sintió miedo a algo más profundo: a haber subestimado a la única persona que lo conocía de verdad.