En 2013 recibí una llamada. era del postulador de la causa de beatificación de Carlo Acutis. Querían mi testimonio, querían que contara lo que había visto. Al principio dudé, pero luego recordé las palabras de Carlo. No tenga miedo. Así que acepté, di mi testimonio, conté todo. La paz inexplicable, la certeza en sus ojos, la presencia que sentí en esa habitación y la sonrisa final.
Algunos me miraron con escepticismo, otros con emoción. Pero yo solo dije la verdad, lo que vi, lo que sentí, lo que cambió en mí, porque esa es la única manera de honrar lo que Carlos me enseñó. Ser honesto, incluso cuando la verdad no cabe en nuestros esquemas. Hoy, tantos años después, sigo siendo médico, sigo tratando enfermedades, luchando contra la muerte, pero ya no lo hago con la misma arrogancia.
Ahora sé que hay cosas que no puedo controlar, que no puedo entender y está bien, porque la vida no es solo lo que vemos bajo el microscopio, es también lo que late debajo, lo invisible, lo eterno. Carlo Acutis fue beatificado en 2020. Yo vi la ceremonia por televisión desde mi casa. Lloré otra vez, pero esta vez no de tristeza, sino de gratitud, porque ese chico de 15 años, en sus últimos días de vida, me dio algo que ningún libro de medicina me había dado, esperanza.
La certeza de que hay algo más allá del dolor, más allá de la muerte, algo que vale la pena buscar incluso cuando no lo entendemos. Ahora, cuando entro a la habitación de un paciente grave, llevo conmigo esa lección. Trato el cuerpo, sí, pero también cuido el alma, escucho, acompaño. Y cuando alguien me pregunta si creo en Dios, ya no tartamudeo.
Sonrío y digo, “Sí, porque vi su reflejo en los ojos de un chico que no tenía miedo de morir. No sé si eso me hace mejor médico, pero sé que me hace mejor persona y eso al final es lo único que importa.